La Provenza

Ha empezado la temporada ciclista, no como la queríamos sino como buenamente puede. Como esto va para largo, creo que no vale la pena seguir con un muro de las lamentaciones virtual. Solo agradecer a todas las organizaciones que en el inicio de la temporada han conseguido llevar a cabo carreras. Cuesta encontrar la inspiración para pararme y escribir cuatro comentarios cuando, ya saben, lo que más me inspira es la cara B, es el detalle, es el paisaje. De lo meramente deportivo hay gente que sabe mucho más. Viendo hoy el resumen del Tour des Alpes Maritimes et du Var, con buenos escaladores retorciéndose en las calles empinadas de un pueblo de nombre de cerámica, el síndrome de la pagina en blanco ha saltado por los aires. Que lujo, que alegría para los ojos unas carreras por esos paisajes mediterráneos y no esas carreras de Oriente Medio o de la pampa argentina que parecen extractos de las primeras imágenes de Marte. Porque el paisaje marciano, lunático, plástico o desiértico puede tener su gracia, su curiosidad geológica o antropológica. Pero no va más allá de cinco minutos. Al espectador como yo le gusta cuando el paisaje cambia, y mira allí los almendros aún no están en flor, y tomamos la tele en foto para guardarla y buscar como se llama ese pueblo. Incluso colgarlo en las redes, no me he movido de casa pero he estado virtualmente en ese pueblo provenzal de piedra. Con el virus viajamos poco pero que no falten corazoncitos en nuestro corazón. Porque incluso carreras organizadas por periódicos locales (el comunista La Marsellaise y La Provence) o por clubes ciclistas – a pesar de algunos fallos, mil gracias a esta gente – han entendido que sin belleza no hay tanto interés. El Tour de la Provenza tuvo una etapa que terminaba en Manosque. En Manosque hay una autopista fea, hay un centro comercial feo y hay no muy lejos un centro de investigación nuclear que sale pixelado en GoogleMaps y el parque fotovoltaico más grande de Francia. Pues bien, ni se notó. El espectador terminaba con la sensación que Manosque es bonito, que viva la Toscana francesa, los olivos, los cipreses, los viñedos aún sin brotes y la lavanda aún sin flor. Esa es la magia de la industria turística francesa, tendrán sus cosas pero cutrez poca. Incluso en Besseges los edificios industriales de ese pueblo venido a menos, con sus minas cercanas, no parecen tan horribles y tenían ese encanto de la arqueología industrial.

Las dos únicas carreras que se han disputado en España también eran mediterráneas, han sido la clásica de Almería, terminando en Roquetas de Mar con vistas aéreas al mar de plástico, y la Clàssica València 1969, que terminó entre autovías y polígonos industriales cuando de hecho pasaba por algunas zonas de belleza máxima comparable a las provenzales. La opción francesa es esconder el polvo debajo de la alfombra y del sofá, desviar la vista, enseñar lo bonito, vacilar des del helicóptero de pueblos que son parques temáticos vaciados de autenticidad en algunos casos. Créanme. La opción española no hace ni el más mínimo esfuerzo de escenario cinematográfico. La erosión del paisaje va por barrios pero hay muy poco disimulo y no perciben la cutrez. Uno llega a pensar que no han entendido nada del siglo XXI y La Vuelta llegará en una etapa en la manga del Mar Menor – ya me imagino Jacky Durand hablando del escándalo ambiental en Eurosport – y otra a Cullera. También salen de Santo Domingo de Silos, no todo van a ser desgracias. Que sin ánimo de ofender pero Cullera no es Fayence ni esos pueblos italianos de la Puglia del Giro.

Polígono industrial o postal, ese es el dilema.

El pasado es el pasado

A Papa Noël alguien le chivó que cualquier cosa sobre Maradona me agradaría. Tenía buenas fuentes. Suerte de los chivatazos porque sinó los armarios, despensas y trasteros estarían llenas, aún más, de objetos inútiles y de libros sin leer. A los pies del árbol apareció un paquete con un librito de bolsillo, Mi verdad, unas memorias del Pelusa de su mundial de 1986. Con su dialéctica directa llena de insultos un personaje de la complejidad de Maradona acaba mostrando una visión binaria de los hechos y de la vida, o conmigo o contra mi. Este post no va de Maradona, porque con su deceso ya se ha dicho y escrito mucho. Demasiado? Yo tenía dos años en el mundial de México. Mis primeros recuerdos del astro argentino ya sonaban entremezclados con la polémica, el mundial del 90, la exclusión del Napoli, la droga, la policía, el juez. Ya más grande sí recuerdo su vuelta a Boca. Ya era un muñeco roto total. La caída libre y sin freno. Y sin embargo, ahí me tienen, leyendo sus memorias llenas de rencor y viendo vídeos de sus goles en YouTube. Tanta fama, tanta pesadez, canciones, películas y libros, por un gol? Quién veía los partidos del Diego en el Nápoles? Quién miraba las eliminatorias de Argentina contra Perú en campos de barro? Muy pocos. Reseñas en periódicos, breves en Carrusel Deportivo, teletipos… Mucha literatura. Hasta el gol del estadio Azteca, ése si que lo vio todo Dios. Esta introducción futbolera me viene al pelo sobre el divertimento hivernal del aficionado al ciclismo. La ciencia ficción de la comparación de astros. En un deporte como éste y en una época como ésta, Navidad, siempre estamos mirando al pasado, comparando churras con merinas. Nos gusta, nos encanta, año tras año igual. Error, porque como cantaban Eskorbuto, el pasado es el pasado y por él nada hay que hacer, el presente es un fracaso y el futuro no se ve. Podría ser la sintonía de cierto ciclista…

Tenemos una relación extraña y viciada con el pasado. A veces, sinceramente, hay gente que me impresiona con el aplomo que habla de Julio Jiménez, Rik van Looy o el Tarangu. Como si estuvieran allí, como si hubiera ya YouTube y la inmediatez de 2020. Evidentemente que hay que hablar y narrar el pasado, de lo contrario los historiadores no existirían y los geólogos sólo hablarían del antropoceno. Se interpreta, se modela, se inventa. Es como hablar de las gambettas de Maradona en Argentinos Juniors o del Trinche Carlovich, nos pueden contar magia pero sólo cuatro privilegiados lo vieron. Por eso la única cosa que es impepinable es el palmarés. Las Milán San Remo de Merckx, las de Coppi, las de Freire, la de Van Aert y las de Valverde. Los mundiales de Maradona, los de Pelé y los de Messi. El palmarés pone los sentimientos en su lugar, por eso es de agradecer el trabajo enorme de Ignacio. Pero claro, no todo en la vida es palmarés y el mito immemorial viene muchas veces de la mezcla de éxito y de fracaso, mezcla de héroe y de villano, más un pelín de estética l’art pour l’art (atacar a lo loco, las manos abajo) para agrandecer la leyenda. Mejor si el mito gestó sus ataques cuando éramos adolescentes. Y en la piel de toro de Manolete, Paquirri, Ocaña y Chava Jiménez pónganle tragedia. Las copas de trofeos en la estantería se pueden pesar a tanto el kilo. Las noches de insomnio, de ilusión o rabia, se olvidan o a lo sumo acaban en un blog.

Vuelta 2020, belleza verde

Madrid un ocho de noviembre, con sus anchas avenidas sin casi gente, con algunas barquitas en el Retiro y con una ceremonia de entrega de premios sin glamour nos ha servido de epílogo de esta temporada ciclista rara, amputada y compactada en tres meses. Tres meses de locura, mi hija hoy me ha dicho que en la tele solo hay dibujos animados y bicicletas.

No me esperaba gran cosa de la Vuelta 2020 y ni esperaba que llegaran a Madrid, y mira, quizás de las tres grandes ha sido la más entretenida, por el nivel de los concurrentes, porque el Tour tuvo un desenlace inesperado pero veníamos de tres semanas de boicot al buen gusto. A diferencia de Tour y Giro, con la segunda ola del virus acechando, no había casi nadie en los puertos y subidas, salvo algunos cicloturistas que ni el tiempo, ni las condiciones sanitarias y ni el simple hecho de correrse en octubre-noviembre, les ha impedido hacerlo. Hemos tenido una situación un poco como el ciclismo a la antigua, en las fotos viejas que vemos, con gente al paso de los pueblos y poca gente fuera de ellos. He revisto las imágenes de TVE del ataque de Hinault en Serranillos el 1983, todos los espectadores estaban alrededor de la pancarta Licor 43 del puerto, la pájara de Gorospe le cogió entre pinares, se vio en la tele y muy pocos pueden decir que lo vieron in situ. La gente salía y ha salido al balcón al oír la jarana del paso de motos de la benemérita, ha bajado a la carretera, ha salido del taller, del despacho, de la fábrica o de la escuela. No había gente en esta Vuelta venida de la otra punta de la Península, como mucho del pueblo vecino. Y aun así no se ha cruzado un pueblo sin gente mirando, eso si, estaban los que son. Y son los que estaban. Cuando era más joven mirar carreras de una semana, pongamos una Volta, y verlos terminar etapas duras sin público me entristecía por los corredores, que se esforzaban en medio de la indiferencia del paisaje vacío de gente, vacas en los prados, pinos y vallas publicitarias que un pringado monta y desmonta. Deporte de alto nivel y la total indiferencia. Especialmente las etapas en Andorra siempre me parecían – y me parecen – tristes, como los partidos del Getafe o en cualquier deporte en el Oriente Medio. Esta Vuelta me ha hecho repensar esa idea de “tristeza” cuando no hay público. Porque es mentira. Lo que no es normal es un tsunami humano en las Hurdes. En las Batuecas, en la llanura desde Orduna hasta Gasteiz, en los montes de Soria o en Somiedo, no vive – casi – nadie. Pero como se vio en Candelario, la gente de pueblo es – somos – agradecida. Más que la de Oriente Medio.

Agradecer también a la organización y realización que salvo la etapa de Ejea, y el final de autovía seminarista en Ourense, ha primado el paisaje y la belleza al polígono industrial, al topónimo extraño, al regalito al cacique. Todos hemos apreciado y admirado el color otoñal, evidente, pero tanto da, la muralla de Ciudad Rodrigo, las casas oscuras de la Puebla de Sanabria, las calizas de Orduna o los pliegues del Pre-Pirineo son bellos y dignos de ver al final del verano con el secarral en el paisaje o en octubre. Lo que pasa es que la urbanización con vistas al mar es fea de verde y de amarillo. Al que vive perpetuamente en un paraje verdoso posiblemente el secarral le parece extraordinario. TVE y ASO han aplicado la técnica del Tour de Francia, si quieres dar la impresión que en tu país todo es precioso, visita y enfoca solo los sitios bonitos. Como si Francia no tuviese centrales nucleares al lado de palacios renacentistas… Espero que tomen nota.

En lo deportivo hay crónicas y balances mas oportunos que este. Ha ganado el mejor ciclista de la actualidad para este tipo de carreras, de una regularidad increíble. Mientras la Vuelta sea como una Itzulia de tres semanas Roglic podrá ganar esta prueba hasta que el cuerpo aguante. Hemos visto algunos trotamundos de calibre como Wellens, o Cavagna, la dedicación de Martin, la rauxa de Soler y el seny conservador de Mas, y me quedo con el primero, al que le deseo galones y aire fresco. Movistar y su habitual charlotada (invertir en ciclismo rinde publicitariamente?) nos aportaron la chicha y la limonada.

Me ilusiona su ilusión

A estas alturas de todo, del año, de la temporada ciclista y de la pandemia, ya da un poco todo igual y las fases de ilusión y desilusión son pasadas, y el cinismo irrumpe sin avisar como un polígono industrial en una etapa de la Vuelta. Empieza esta semana la Vuelta a España, al Giro aún le faltan los Alpes y el PCR rige la general, este sábado volvemos a la hora de invierno y hace quince días – o más – qué por la noche encendemos la estufa. Hay nieve en el Tourmalet y en Fortanete Dehesas ya encadenan las escarchas noche sí noche también. Seguro que el calendario Zaragozano, ese que hacía de almanaque, predijo para 2020 escarchas en el sistema ibérico, pero seguro que falló en el pronóstico pandémico de 2020. Pero no nos quejemos, en abril pensábamos que no tendríamos nada. Y entre otras cosas hemos visto a Van Der Poel ganar en Flandes con un final con kilogramos de simbolismo y a Sagan atacar en un repecho mirando al mar Adriático para ganar en el Giro. Cierren los bares pero esto ya no nos lo quita nadie.

Después de esta temporada de clásicas y de un tour aburrido con final memorable, me aburre de antemano la Vuelta esta que se viene, acortada, extraña, que en la etapa diez pasará por dónde pasaba la primera etapa. Montaña un día, montaña el siguiente, que rápido han olvidado que el mayor espectáculo de 2019 fue en Guadalajara en una tarde de viento castellano. Que pensándolo bien, la Vuelta 2020 otoñal hubiese podido recomponerse más y evitar los sustos metereológicos, un recorrido en modo antiguo, cuando en la década de los sesenta en el mes de abril no estaba la cosa para subirse a la Bonaigua. Habrá un poco de ésa Vuelta vieja, la del abuelo de Van der Poel, que por supuesto ni la vi ni me la contaron porque de imagen solo debe haber el NODO, en la etapa que pasa por Orduña. La importancia de los puertos de paso, la de terminar en pueblos o ciudades y no en destilerías, residencias pijas de pelotazo, mataderos, estatuas-pelotazo artístico del escultor local de carnet del partido, en parques de atracciones, en estaciones de esquí con cada año menos nieve o en bases militares y pintadas de JUSAPOL. Una etapa interesante esa de Orduña y también la de Zamora. Por supuesto esos días no pasará nada y la ganarán talentosos Norteamericanos o australianos que hasta entonces solo los conocían en su casa. La Vuelta es un poco eso, más una redención para los heridos, lisiados, desafortunados, sin contrato y más especies con hambre. Igual esto nos salva. Corre Dumoulin, Roglic y Pinot. Espero ilusionarme, como los portugueses están ilusionados con Almeida en el Giro. Me ilusiona su ilusión. Quizás 2020 es un poco eso.

El Tour 2020 y el llavero de aluminio

Un hombre de ya cierta edad, afortunado, un día decidió ir al médico y le preguntó: cuántos años de vida me quedan? El médico titubeó ante tal pregunta pero le dijo, doce años y medio. El paciente se fue tan contento a casa, hizo sus cuentas y calculó cuanto podía gastarse por día. Y así lo ejecutó. Los años pasaban, la cuenta corriente disminuía y llegó el día indicado. Pero el señor no se murió. Y se quedó sin un duro y terminó pidiendo limosna por las casas: una limosna para un pobre errado en cuentas. Esta historieta, adaptada de una canción del repertorio popular del Delta del Ebro, podría aplicarse a la desgracia de Roglic en este Tour. Se sentía rico y por encima de todos, pero administró su riqueza mal, confianza extrema. Y llegaron a la contrarreloj final con un margen demasiado escaso. Lo que sucedió después ya lo han narrado y descrito cientos de periodistas, comentaristas y narradores aficionados varios. Sólo espero que el excelente corredor que es Roglic – un campeón de las vueltas de una semana! – no le pese esto como Fignon de alguna manera nunca más fue el mismo y siempre le señalaron los ocho segundos. Lo que es seguro es que en su cabeza pasarán todos los instantes, y si, y si, y si.

Este Tour en Francia ha sido el de unas cuantas polémicas de política municipal. Las recientes coaliciones ecologistas que han llegado al mando de ciudades como Rennes, Burdeos o Lión, han empezado a soltar declaraciones más o menos sacadas de contexto, algunas de buen fondo y algunas muy WTF, pero que ponían encima de la mesa tres temas que ASO no debería ignorar: la contaminación de la carrera, el machismo y el gasto público. El primero me interesa en particular, el segundo es evidente que había un retraso y del tercero no me mojo. Este verano en casa me encontré con un llavero de aluminio en forma de bicicleta. “Es de cuando La Vuelta, quedátelo” me dijo mi padre, era del día que Pogacar atacó subiendo al Coll D’Ares. Me lo puse en las llaves del coche. Como tenía una forma de bici pues el llavero se enganchaba en pantalones, bolsillos, camisas. Duró lo que duraron nuestras vacaciones en el pueblo. Y la bicicleta del llavero de propaganda se encontró abandonada en esa gran caverna de Alibabá que es el reposavasos del coche. Ahí vivirá su vida con la moneda del supermercado y más objetos hasta que un día, cuando Pogacar ya será olvidado o héroe o villano, lo tiraré en la basura de la gasolinera. Y esos gramos de aluminio, que un día salieron de una mina de bauxita y se refinaron, terminarán en un vertedero. Ese mismo gramo de aluminio, en lugar de dilapidarse en cunetas de la Piel de Toro entera, hubiese podido terminar en objetos de mayor utilidad, pongamos, una bicicleta de verdad. Y esa es la gran diferencia entre la caravana publicitaria de las carreras ciclistas más importantes del mundo, un espectáculo inútil, fútil, malgastador, homenaje a lo chabacano, y la carrera en sí. Los apasionados al ciclismo lo somos de lo segundo. Los Citroën tirando longanizas o un camión con chumba chumba a todo trapo tirando detergente es al ciclismo lo que la música militar es a la música.

Esto conlleva una cuestión irresoluble. De qué manera un espectáculo como el Tour fomenta el uso de la bicicleta en el día a día? Mañana lunes habrá gente en París, Castelló o Ljubljana que se dirá, va, hoy voy con bici al trabajo pensando en Pogaçar? Lo que es seguro es que para convencerte de eso hace falta un Pogaçar, no un llavero barato de aluminio.

Un Tour de radio

Nos prometieron este Tour como un aplazamiento de la gran fiesta mayor de Francia, de julio a septiembre, como en marzo hablamos de fallas en julio o encierros en septiembre. Pero las cosas no están para fiestas, la verdad. Si no hubo castillo de fuegos en el catorce de julio qué ganas habrá de Tour ahora. Pero tres días antes de la apertura de escuelas en Francia arrancará La Grande Boucles de Niza, cerca de donde se dieron las últimas pedaladas normales de la temporada, en la Paris Niza. El show debe continuar, pero soy escéptico, llegarán a París en condiciones normales?. El Tour y su éxito de público reposa en el hecho que se disputa en periodo vacacional, con los niños en casa de los abuelos, con los holandeses que son más de vacaciones en julio en caravanas, con el catorce de julio en medio para exaltar la patria. Días de parada del fútbol, el tenis y el rugby, vía libre para el ciclismo. Televisivamente del Tour impresionan las cunetas llenas, las performance con balas de paja, las decoraciones de las rotondas y los castillos. Será esto igual? Saldrán los niños de las escuelas al paso de la carrera? La caravana publicitaria tirará llaveros y objetos inútiles de plástico al vacío?

Julio o septiembre, poco me influirá a mi, que soy de vacaciones en agosto coincidiendo con las fiestas de mi pueblo. Desde que empecé a trabajar, allá en 2008, nunca he visto el Tour casi íntegramente como antes, cuando era estudiante y me podía permitir tres horas de televisión del tirón todas las tardes de julio. Etapas míticas de este decenio que todos recuerdan, la de Nibali en el pavé, la de Contador atacando a traición a Schleck camino de Luchon, no las he visto íntegras, solo el resumen que ofrece France Tv. Algunas ni eso. Otras las he visto ahora, en el revival nostálgico del confinamiento. En estos años solamente he podido ver las etapas de los fines de semana, y a veces después de largas negociaciones. Que difícil conciliar esta afición extraña, que puede ocupar todas las tardes de verano, con la pareja y sus más que legítimas ganas de otra ocupación veraniega.

El trabajo en julio se calma, los pasillos del edificio de la empresa se vacían de los que se van de vacaciones en julio. Hay menos urgencias, uno puede planear su jornada laboral sin aleas y puede reservarse la última hora de la tarde para tareas de poca concentración, no escribir un informe. Una pestaña en el live del Tour para ver el nivel de interés de la etapa, y allá a las 16h conectamos con la radio por internet. Sí, la radio, con ella sí que he vivido en directo los grandes momentos del Tour, en la radio escuché en directo la caída de Beloki y recuerdo perfectamente el punto kilométrico en el que circulaba yo ese día de julio, recuerdo la radio en el bar de la piscina en el 1996 y nuestras caritas desangeladas, recuerdo una radio para todo un autobús de línea entre Santa Pola y Alacant un día de contrarreloj de Miguel en el 1995 y Javier Ares vociferando, recuerdo a Contador en 2010 en la contrarreloj final de su tour de bistec irundense. Antes que tuviéramos todos un mini televisión en el bolsillo y poder seguir el Tour desde la playa, la única solución de convivencia era la radio. Y lo sigue siendo.

En septiembre costará encontrar esa horita de tranquilidad para escuchar el Tour. Me da a mi que muchos días con seguir un poco el live tendrá que ser suficiente, como ya me pasaba con la Vuelta, la radio será para los días fuertes. Tocará mirar la repetición de las etapas buenas de noche, sabiendo ya el resultado, pues soy un ansioso y no podré nunca aislarme del mundo. Habrá spoilers a tutiplén. Tocará acostarse tarde y tuitear a destiempo. Tocará escuchar el análisis a posteriori en las radios francesas en el coche de camino a casa, con Jalabert y Guimard por ahí de comentaristas. Tocará aguantar el hooliganismo pinotista, tan pesado y moralizador como el landismo, pero a diferencia de éste ignora que es una causa perdida de antemano. Tocará hacer como si todo fuera normal, alegrarnos de las victorias de los que apreciamos como si todo fuera normal. Y ya no nos tocará ver a las azafatas rociadas con champán en el podio. Eso que hemos ganado.

El show empieza en Niza el sábado.

Todas las canciones hablan de ti

Primer fin de semana desde febrero que pasamos fuera de casa, nada de exotismo, en casa mis suegros, en el oeste de Francia, en la patria chica de los Madiot y Jacky Durand, también la del agitador Vayer. La Mayenne. Con el pequeño que ya empieza a andar y a sembrar la entropía y el caos en toda la casa, el sábado me encontré recogiendo un libro que no sé de dónde venía. Una novela corta, Un été de mémoire del escritor Philippe Delerm, un escritor que narra todo como una descripción continua. Sin acción prácticamente. Y un nostálgico sin remedio del pasado. En la primera página ya me hablaba de los polos de agua, azúcar y colorante de su infancia. En la segunda página lo hacía de los veranos de Tour de Francia y las chicas con vestidos cortos. Decidí seguir leyendo, aunque sabía que sería el típico relato del nostálgico del verano y la niñez, el parisino que vuelve a la casa de la abuela y la magnolia en la pared, la fiesta del pueblo con su carrera ciclista y el acordeonista. Sabía en la página dos, con la mención corta al Tour como un lugar común de la infancia y adolescencia, que me encontraría otra vez más en el mismo tema de siempre. Sin pandemia ya lo era, con pandemia más, hemos vivido del pasado a falta de presente. El aficionado al ciclismo ha vivido como un Proust que en lugar de magdalenas tuviera carreras ciclistas.

Luego a la hora de comer la grande paró la mesa y sacó del armario de la cocina la colección de vasos de la mostaza Amora, la marca francesa de la mostaza y los pepinillos, que envasa sus productos con vasos de vidrio que luego se usan, como nosotros y la Nocilla. Los de pepinillos no tienen motivos pero los de la mostaza siguen colecciones. Me tocó el vaso con un motivo del Tour (forcé un poco que me tocara). Los grandes bebiendo en vasos de niño, un vaso del Tour de Francia, otros de Spiderman, otro de Hulk y los otros de dibujos que no forman parte de mi infancia, dibujos que no se tradujeron. Con los dibujitos en los vasos Amora busca al niño de ahora y al niño de la generación X que compra mostaza para el rôti de Boeuf dominical. Y la novelita de Delerm a medio leer. Delerm, Delerm, calla, ya que estamos con morriña de todo, escucharemos a su hijo Vincent Delerm. Escribe canciones como su padre libros. De tal palo tal astilla, unas canciones plagadas de referencias, detallista, cotidiano, de los de citar la marca de los coches. Creo que es más un nostálgico del tenis, pero en una canción dice que lo pasó mal en las barras asimétricas en un gimnasio Jacques Anquetil. Siempre me han gustado los cantantes que escriben sus canciones poniendo nombres propios, topónimos y marcas. Lo contrario es abstracto, que igual vale para un roto que para un descosido.

Canciones. Durante el confinamiento me pegó por buscar canciones con referencias ciclistas más allá de las que conocía ya. El punto de inicio era la canción “Boomerang” de Manel, un grupo que utilizan el ciclismo como medida del paso del tiempo, usando el estilo literario de proponer siempre lugares comunes, geográficos y temporales. Más nostalgia. Éramos entre niños y adolescentes, que felices e infelices éramos, era el verano del hundimiento de Miguel. La mayoría de las otras menciones del resto de canciones respondían siempre siempre siempre a ese patrón, a un ejercicio de estilo, siempre en pretérito. Evocaremos el pasado, los héroes de juventud. Coppi para Gino Paolo. Bartali para Paolo Conte. Poulidor para unos cuantos cantantes franceses. Merckx para Higelin. Pantani y Jalabert para Les Wampass. Escartín para Ixo Raí! Lejarreta para los Gandules. Las de Bemancio juegan en otra división. Hay la excepción de Carlos Vives que hace un canto patriótico colombiano, sin nostalgia, todo presente. Simptomático sin duda. Y así toda una retahíla de nombres, de un deporte que visto y cantado de esta manera solamente puede evocar nostalgia. En 2020 el presente se puso en pausa, pero en el ciclismo esta saudade viene de tiempo ha. Quizás por definición.

Nostálgicos confinados

Dos meses ya desde que llegó el confinamiento. Los primeros días casi nos lo tomábamos como un reto, libros, series, películas y recetas de cocina. Las carreras ciclistas terminaron de repente, la última, una Paris Nice sui generis. Luego, el vacío. Y en cierta manera todo un sistema que se desmoronaba como un castillo de naipes, el de las retransmisiones en directo, el de las cadenas deportivas, el cuarto de hora de deportes en los informativos. Nada, no había nada que decir, nada que enseñar. En ese instante aparece el pasado, los archivos, como salvadores de tardes tediosas. Pero para los que intentábamos – y lo que te rondaré morena – teletrabajar al mismo tiempo que debíamos seguir los consejos pedagógicos de la maestra de párvulos, tampoco era plan de ponerse a ver Indurain atacando de camino a Lieja a las cuatro de la tarde y pillarse la tarde libre. Así que he visto más bien poco de las difusiones nostálgicas de Eurosport, la Chaine Equipe o Teledeporte. Me vi algunas etapas que hicieron aquí en Francia del Tour de 1989, que ya es buen síntoma de cultura ciclista y cierta autoflagelación aceptar ver otra vez la debacle de Fignon ante LeMond. Un gustazo eso sí escuchar viejos comentaristas, evaluar así a dedo cómo ha cambiado la manera de retransmitir. También las imágenes, el Tour del 89 se permitía enfocar unos polígonos industriales en construcción que ahora la realización cinematográfica nos oculta. Mantener el comentario de época me parece el gran acierto de este tsunami de nostalgia. Pero antes de ayer, no lo vi en directo pero he visto extractos, la cadena L’Equipe se puso a repetir etapas del tour de 2003 con comentaristas y comentarios actuales. Porque no, si durante estos días incluso hemos retransmitido competiciones con ciclistas en rodillo conectados a una aplicación simulando un Tour de Flandes, también es posible revisitar el pasado. Pero claro, ponerse a retransmitir el tour de 2003 a pelo, sin lo que vino después, sin mencionar sospechas, hablando de la clavícula rota de Hamilton como si nada, obviando la droga y el dopaje de una buena parte de esos ciclistas que iban delante en la clasificación de 2003, es grotesco y de mal gusto.

Pero tirar de la nostalgia duró como alegría lo que duró la alegría por la repostería casera durante el confinamiento. Al final, la concatenación de etapas “mito” un día tras otro, saltando los muermos o las victorias anónimas, pues acaba incluso dando una percepción falsa, que cada día es un festival y otra lectura más perniciosa, solo la montaña es espectáculo. Se ha insistido en programar etapas de montaña, no he visto pasar llegadas al sprint de Freire en el Tour estos días (igual me las he pasado de alto). Y se ha abusado de nacionalismo, cada uno tirando para casa. TVE apoyándose en los cuatros grandes del ciclismo moderno, Delgado, Indurain, Valverde y Contador, las cadenas francesas remontando más en el tiempo con Fignon e Hinault y los más modernos y más payasos – en su primera acepción del diccionario – Virenque y Voeckler. También las Roubaix de Madiot por ejemplo.

Michael Robinson falleció como consecuencia del cancer y más que ver pasajes del Día Después me pegó por ir a ver programas de Informe Robinson que ya había visto en su día. No sé hasta qué punto él participaba en la realización de estos documentales, en cualquier caso se salían de la banalidad extrema del audiovisual y el mundo del deporte en general. Vi el documental del Trinche Carlovich, un futbolista argentino que en los setenta y ochenta jugó en la segunda y la segunda B de allá. Lo que no imaginaba yo era que el pobre Trinche lo matarían días después en su Rosario por robarle su bicicleta! Los que le vieron jugar cuentan maravillas hasta situarlo entre los más grandes y no hay apenas imágenes. Todo de oídas, algunas crónicas escritas. Mito, literatura y la entrañable exageración argentina de todo. Exagerado, pero de la misma manera que nuestros padres o abuelos se aficionaron al ciclismo por lo que leían, escuchaban en la radio o en el resumen del Nodo de las gestas de Julio Jimenez, de Bahamontes. Y los italianos de lo que leían o escuchaban de Bartali o Coppi. De Bartali hay también un documental de Robinson, en el que también aparecía otro difunto de este año, el periodista de ciclismo de la Repubblica Gianni Mura. Y también vi el documental de Luis Ocaña, que presenta a un Merckx, que aceptó hablar, con una frialdad impresionante. Y Ocaña como un gran ciclista que se obsesionó con el Caníbal. Fuera de los programas de Robinson, aquí en Francia la cadena L’Equipe ha subido una película, La dernière échappée, sobre el último Tour de Francia de Fignon como comentarista de France tv, semanas antes de fallecer. Curioso ver como la película reconstruye casi frase por frase momentos que se retransmitieron en directo, con la participación de los propios compañeros de France Tv, y también como se plasma la personalidad agria de Fignon. Y también con su espina clavada, 1989. Sin llegar a ser extraordinario, por el apego que le tomé al final de su vida como comentarista, me emocioné. Y esas cosas líquidas que fluyen de los ojos, que no se confiesa nunca que pasan en las películas. Y luego claro está, he visto la serie del Movistar visto desde dentro en su temporada 2019. Con sus aciertos y sus fallos, con pocos filtros, y con Valverde en plan cacique. O eso me parece a mi.

Toda esta nostalgia ha venido en medio de pequeños anuncios, de ligeras esperanzas, el Tour en agosto, igual en septiembre, igual hasta noviembre será la Vuelta. Hay un calendario UCI, veremos si se cumple. Antes de ello y durante el blackout total hubo hipótesis, sueños húmedos, globos sonda y rumores sobre las tres grandes vueltas. Plena imaginación por lo tanto para pensar recorridos de las grandes aún más improbables, un poco como aquel villancico imposible de Gloria Fuertes que cantaba Paco Ibáñez. Un Giro al revés, empezando en el norte y acabándolo al pie del Vesubio en Nápoles. Una Vuelta buscando el verano de San Martín en el Mediterráneo con un remate y una hora menos en las Canarias. Un Tour de pueblos feos, de minas cerradas, de terrenos baldíos y de estaciones de esquí en crisis. Una única vuelta transitando por los epicentros del Covid en Europa: Madrid, Mulhouse y Bergamo. Unas cuantas horas clicando en el mapa de Cronoescalada, imaginando vueltas que nunca se harán. Porque nadie pagará por ellas.

Campeones del mundo en una carrera de pueblo

Criquelion, Hinault, Knetemann y Laguia. Volta al Camp de Morvedre 1985

En el lugar en que muchas ideas narrativas de la contemporaneidad nacen, en Twitter, vi una foto vieja de ciclistas en una discusión. Una foto de una foto publicada en un libro, unos ciclistas relajados antes del inicio de una carrera. Se identificaba perfectamente el rostro sonriente pero siempre competitivo de Bernard Hinault, con el maillot histórico e icónico del pop art de La Vie Claire, en primer plano a Laguía del Reynolds. En el fondo gracias a Ignacio, que es una enciclopedia, se distingue a Criquelion con maillot de campeón del mundo – estábamos pues en 1985 – y el cuarto, el holandés Knetemann (campeón del mundo en el 1978) con el maillot de otro mito de la pop culture ciclista, el del Sem. La carrera se disputaba en la comarca valenciana del Camp de Morvedre y la carrera se llamaba precisamente Volta al Camp de Morvedre, terminaba en Estivella tras dar una vuelta a la comarca de la Calderona, imagino que subiendo l’Oronet o el Garbí. Tuvo lugar durante algunos años en los ochenta, se disputaba días antes a la Volta a la Comunitat, como la clásica de Almería es un aperitivo de la Ruta del Sol, como el GP Miguel Indurain lo es de la Itzulia, como el Lluís Puig lo era también de la Volta. Así pues en febrero, en un pueblo como Estivella que alargaba sus fiestas invernales de Sant Blai, se disputaba una carrera de un día que se permitía el lujo de juntar a tres campeones del mundo de ciclismo en ruta de inicio. Visto trenta y cinco años más tarde, escribiendo esto con el móvil y siguiendo por Internet el Tour de los Emiratos Árabes en el que se sube un puerto sin gente, como no sentir nostalgia de ese antes. De un ciclismo en el que la mayor parte de carreras profesionales se hacían sin televisión en directo, de las que conocíamos a lo sumo el resultado el día después en una reseña corta en el periódico y si se trataba de carreras europeas la mayoría de veces esperábamos el mensual Ciclismo a fondo para encontrar el vencedor del trofeo Lagueiglia o el Circuit de la Sarthe. Sin televisión, sin inmediatez, imaginando la mayoría de acciones de una carrera. Y hablo siendo yo de una generación que tenía retransmisión televisiva de muchas carreras españolas, las vueltas de una semana, más las principales clásicas y las grandes. De el resto tirábamos mano de imaginación. De ahí viene la importancia del relato y del relator. Pero esa es otra historia.

Ahora las carreras de pueblo – no hablo ya de los criteriums – se disputan en Oriente Medio o en China ante la más grande de la indiferencia de la población local, ni incluso hay beduinos indignados con prisa por llegar tarde al trabajo y encontrar la carretera cortada. Ni eso. En este ciclismo moderno de 2020 las carreras de pueblo pagan mucho más pero no crean afición. En Estivella, después de las fiestas de Sant Blai, ya no hay maillots arcobaleno de campeones del mundo. De hecho en España las carreras de un día están en peligro de extinción. No hay petróleo en el mediterráneo, la naranja de 2020 no puede competir con el oro negro de los emiratos. Me gustaría ser optimista y pensar que una Volta al Camp de Morvedre pudiera ver la luz, pero sólo se me ocurre con mucha filantropía ciclista, con mucho marketing y fichando a la realización del Giro o Tour, esa que te evita autovías y los polígonos industriales, que te hace pasar por caminos municipales entre naranjos y pinos, y acabarlo todo entre las calles estrechas del viejo Sagunt. El modelo triunfante de la Strade Bianche, que por cierto la Vuelta a Andalucía imita inteligentemente. Soñar es gratis, organizar una carrera ciclista no.

La fotografía es cortesía del usuario @arnaumartine.

Carreteres que no van enlloc

“Carreteres que no van enlloc,
no surten a guies ni mapes tampoc,
un camió avariat, abandonat
a sa cuneta, fossilitzant.
Una senyora ven llimonada
a prostitutes acalorades,
i veuen un cotxe passar, On deu anar? Jo t’ho dic”

Esta canción del grupo de pop mallorquín Antònia Font, que se traduciría simplemente carreteras hacia ninguna parte, me ha venido en mente para dar el título a este post, primero del año 2020, ahora que la temporada ciclista ya ha entrado en Europa después del inicio australiano, colombiano y argentino. Carreteras hacia ninguna parte, porque así podríamos cualificar gran parte de estas etapas del Down Under o del Tour de San Juan, y también las del Oriente Medio, carreteras que atraviesan los enormes espacios vacíos de estos países que con una historia de desarrollo urbano más corta. Todos tenemos en mente los buildings y su skyline en Sidney o las avenidas, los no sé cuantos estadios de futbol y las casitas de colores de Buenos Aires, también los glaciares de la Patagonia o el Uluri. Pero que poco tenemos en mente la pampa, el desierto, la travesía árida, los lugares sin interés, los pueblos de una sola calle y el siguiente en 200 km. Ayer mismo la etapa de la etapa a la vuelta San Juan terminaba en un cerro, a más de 2500 m de altura, con una carretera ancha y perfecta, y con una meta en una recta en medio de un valle áspero y árido, andina, geológica. La meta, los buses, el confeti y un público de no se sabe donde. Un evento deportivo seguido por los ansiosos de ciclismo en tv allá perdido en el piemonte andino.

Visto desde nuestro ombligo ciclista europeo, con nuestra densidad de población elevada, con nuestros desiertos pequeños con gasolineras, con nuestras cuestas asfaltadas que suben a nuestras ermitas, castillos en ruinas, monumentos militares, masías o estaciones de esquí, pues evidentemente las vueltas ciclistas del hemisferio sur nos parecen raras, extrañas, exóticas, nos falta algo. Pero también les debe parecer extravagante y exótico en Adelaida mirar con diez horas de diferencia horaria un final de etapa en el Mas la Costa. Todos tenemos nuestras carreteras que van a ningún lugar.

En fin, que como previa a la temporada estas pruebas más allá del ecuador tienen su interés como aperitivo de lo que viene, pero no hay que darle más importancia de la que tiene, porque si nos las tomáramos a pecho Richie Porte sería el mejor ciclista del XXI y Oscar Sevilla sería un portento de la naturaleza. La temporada ya está en la vieja Europa, el Challenge de Mallorca se disputaba esta semana, mañana el GP La Marseillaise en Francia y pronto el Lagueglia en Italia. Falta la Omloop belga a finales de febrero y ya tenemos otra temporada más en marcha. El ciclismo en ruta vuelve a su país de origen, al país donde desde un campanario se percibe el campanario vecino que cantaba Lluís Llach. Los cipreses de la Toscana, los almendros en flor de la Marina y los viñedos de la Provenza nos esperan. También los invernaderos, los polígonos industriales y las rotondas.

Down Under 2020. (C) Corvos.

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