Un Tour de radio

Nos prometieron este Tour como un aplazamiento de la gran fiesta mayor de Francia, de julio a septiembre, como en marzo hablamos de fallas en julio o encierros en septiembre. Pero las cosas no están para fiestas, la verdad. Si no hubo castillo de fuegos en el catorce de julio qué ganas habrá de Tour ahora. Pero tres días antes de la apertura de escuelas en Francia arrancará La Grande Boucles de Niza, cerca de donde se dieron las últimas pedaladas normales de la temporada, en la Paris Niza. El show debe continuar, pero soy escéptico, llegarán a París en condiciones normales?. El Tour y su éxito de público reposa en el hecho que se disputa en periodo vacacional, con los niños en casa de los abuelos, con los holandeses que son más de vacaciones en julio en caravanas, con el catorce de julio en medio para exaltar la patria. Días de parada del fútbol, el tenis y el rugby, vía libre para el ciclismo. Televisivamente del Tour impresionan las cunetas llenas, las performance con balas de paja, las decoraciones de las rotondas y los castillos. Será esto igual? Saldrán los niños de las escuelas al paso de la carrera? La caravana publicitaria tirará llaveros y objetos inútiles de plástico al vacío?

Julio o septiembre, poco me influirá a mi, que soy de vacaciones en agosto coincidiendo con las fiestas de mi pueblo. Desde que empecé a trabajar, allá en 2008, nunca he visto el Tour casi íntegramente como antes, cuando era estudiante y me podía permitir tres horas de televisión del tirón todas las tardes de julio. Etapas míticas de este decenio que todos recuerdan, la de Nibali en el pavé, la de Contador atacando a traición a Schleck camino de Luchon, no las he visto íntegras, solo el resumen que ofrece France Tv. Algunas ni eso. Otras las he visto ahora, en el revival nostálgico del confinamiento. En estos años solamente he podido ver las etapas de los fines de semana, y a veces después de largas negociaciones. Que difícil conciliar esta afición extraña, que puede ocupar todas las tardes de verano, con la pareja y sus más que legítimas ganas de otra ocupación veraniega.

El trabajo en julio se calma, los pasillos del edificio de la empresa se vacían de los que se van de vacaciones en julio. Hay menos urgencias, uno puede planear su jornada laboral sin aleas y puede reservarse la última hora de la tarde para tareas de poca concentración, no escribir un informe. Una pestaña en el live del Tour para ver el nivel de interés de la etapa, y allá a las 16h conectamos con la radio por internet. Sí, la radio, con ella sí que he vivido en directo los grandes momentos del Tour, en la radio escuché en directo la caída de Beloki y recuerdo perfectamente el punto kilométrico en el que circulaba yo ese día de julio, recuerdo la radio en el bar de la piscina en el 1996 y nuestras caritas desangeladas, recuerdo una radio para todo un autobús de línea entre Santa Pola y Alacant un día de contrarreloj de Miguel en el 1995 y Javier Ares vociferando, recuerdo a Contador en 2010 en la contrarreloj final de su tour de bistec irundense. Antes que tuviéramos todos un mini televisión en el bolsillo y poder seguir el Tour desde la playa, la única solución de convivencia era la radio. Y lo sigue siendo.

En septiembre costará encontrar esa horita de tranquilidad para escuchar el Tour. Me da a mi que muchos días con seguir un poco el live tendrá que ser suficiente, como ya me pasaba con la Vuelta, la radio será para los días fuertes. Tocará mirar la repetición de las etapas buenas de noche, sabiendo ya el resultado, pues soy un ansioso y no podré nunca aislarme del mundo. Habrá spoilers a tutiplén. Tocará acostarse tarde y tuitear a destiempo. Tocará escuchar el análisis a posteriori en las radios francesas en el coche de camino a casa, con Jalabert y Guimard por ahí de comentaristas. Tocará aguantar el hooliganismo pinotista, tan pesado y moralizador como el landismo, pero a diferencia de éste ignora que es una causa perdida de antemano. Tocará hacer como si todo fuera normal, alegrarnos de las victorias de los que apreciamos como si todo fuera normal. Y ya no nos tocará ver a las azafatas rociadas con champán en el podio. Eso que hemos ganado.

El show empieza en Niza el sábado.

Todas las canciones hablan de ti

Primer fin de semana desde febrero que pasamos fuera de casa, nada de exotismo, en casa mis suegros, en el oeste de Francia, en la patria chica de los Madiot y Jacky Durand, también la del agitador Vayer. La Mayenne. Con el pequeño que ya empieza a andar y a sembrar la entropía y el caos en toda la casa, el sábado me encontré recogiendo un libro que no sé de dónde venía. Una novela corta, Un été de mémoire del escritor Philippe Delerm, un escritor que narra todo como una descripción continua. Sin acción prácticamente. Y un nostálgico sin remedio del pasado. En la primera página ya me hablaba de los polos de agua, azúcar y colorante de su infancia. En la segunda página lo hacía de los veranos de Tour de Francia y las chicas con vestidos cortos. Decidí seguir leyendo, aunque sabía que sería el típico relato del nostálgico del verano y la niñez, el parisino que vuelve a la casa de la abuela y la magnolia en la pared, la fiesta del pueblo con su carrera ciclista y el acordeonista. Sabía en la página dos, con la mención corta al Tour como un lugar común de la infancia y adolescencia, que me encontraría otra vez más en el mismo tema de siempre. Sin pandemia ya lo era, con pandemia más, hemos vivido del pasado a falta de presente. El aficionado al ciclismo ha vivido como un Proust que en lugar de magdalenas tuviera carreras ciclistas.

Luego a la hora de comer la grande paró la mesa y sacó del armario de la cocina la colección de vasos de la mostaza Amora, la marca francesa de la mostaza y los pepinillos, que envasa sus productos con vasos de vidrio que luego se usan, como nosotros y la Nocilla. Los de pepinillos no tienen motivos pero los de la mostaza siguen colecciones. Me tocó el vaso con un motivo del Tour (forcé un poco que me tocara). Los grandes bebiendo en vasos de niño, un vaso del Tour de Francia, otros de Spiderman, otro de Hulk y los otros de dibujos que no forman parte de mi infancia, dibujos que no se tradujeron. Con los dibujitos en los vasos Amora busca al niño de ahora y al niño de la generación X que compra mostaza para el rôti de Boeuf dominical. Y la novelita de Delerm a medio leer. Delerm, Delerm, calla, ya que estamos con morriña de todo, escucharemos a su hijo Vincent Delerm. Escribe canciones como su padre libros. De tal palo tal astilla, unas canciones plagadas de referencias, detallista, cotidiano, de los de citar la marca de los coches. Creo que es más un nostálgico del tenis, pero en una canción dice que lo pasó mal en las barras asimétricas en un gimnasio Jacques Anquetil. Siempre me han gustado los cantantes que escriben sus canciones poniendo nombres propios, topónimos y marcas. Lo contrario es abstracto, que igual vale para un roto que para un descosido.

Canciones. Durante el confinamiento me pegó por buscar canciones con referencias ciclistas más allá de las que conocía ya. El punto de inicio era la canción “Boomerang” de Manel, un grupo que utilizan el ciclismo como medida del paso del tiempo, usando el estilo literario de proponer siempre lugares comunes, geográficos y temporales. Más nostalgia. Éramos entre niños y adolescentes, que felices e infelices éramos, era el verano del hundimiento de Miguel. La mayoría de las otras menciones del resto de canciones respondían siempre siempre siempre a ese patrón, a un ejercicio de estilo, siempre en pretérito. Evocaremos el pasado, los héroes de juventud. Coppi para Gino Paolo. Bartali para Paolo Conte. Poulidor para unos cuantos cantantes franceses. Merckx para Higelin. Pantani y Jalabert para Les Wampass. Escartín para Ixo Raí! Lejarreta para los Gandules. Las de Bemancio juegan en otra división. Hay la excepción de Carlos Vives que hace un canto patriótico colombiano, sin nostalgia, todo presente. Simptomático sin duda. Y así toda una retahíla de nombres, de un deporte que visto y cantado de esta manera solamente puede evocar nostalgia. En 2020 el presente se puso en pausa, pero en el ciclismo esta saudade viene de tiempo ha. Quizás por definición.

Nostálgicos confinados

Dos meses ya desde que llegó el confinamiento. Los primeros días casi nos lo tomábamos como un reto, libros, series, películas y recetas de cocina. Las carreras ciclistas terminaron de repente, la última, una Paris Nice sui generis. Luego, el vacío. Y en cierta manera todo un sistema que se desmoronaba como un castillo de naipes, el de las retransmisiones en directo, el de las cadenas deportivas, el cuarto de hora de deportes en los informativos. Nada, no había nada que decir, nada que enseñar. En ese instante aparece el pasado, los archivos, como salvadores de tardes tediosas. Pero para los que intentábamos – y lo que te rondaré morena – teletrabajar al mismo tiempo que debíamos seguir los consejos pedagógicos de la maestra de párvulos, tampoco era plan de ponerse a ver Indurain atacando de camino a Lieja a las cuatro de la tarde y pillarse la tarde libre. Así que he visto más bien poco de las difusiones nostálgicas de Eurosport, la Chaine Equipe o Teledeporte. Me vi algunas etapas que hicieron aquí en Francia del Tour de 1989, que ya es buen síntoma de cultura ciclista y cierta autoflagelación aceptar ver otra vez la debacle de Fignon ante LeMond. Un gustazo eso sí escuchar viejos comentaristas, evaluar así a dedo cómo ha cambiado la manera de retransmitir. También las imágenes, el Tour del 89 se permitía enfocar unos polígonos industriales en construcción que ahora la realización cinematográfica nos oculta. Mantener el comentario de época me parece el gran acierto de este tsunami de nostalgia. Pero antes de ayer, no lo vi en directo pero he visto extractos, la cadena L’Equipe se puso a repetir etapas del tour de 2003 con comentaristas y comentarios actuales. Porque no, si durante estos días incluso hemos retransmitido competiciones con ciclistas en rodillo conectados a una aplicación simulando un Tour de Flandes, también es posible revisitar el pasado. Pero claro, ponerse a retransmitir el tour de 2003 a pelo, sin lo que vino después, sin mencionar sospechas, hablando de la clavícula rota de Hamilton como si nada, obviando la droga y el dopaje de una buena parte de esos ciclistas que iban delante en la clasificación de 2003, es grotesco y de mal gusto.

Pero tirar de la nostalgia duró como alegría lo que duró la alegría por la repostería casera durante el confinamiento. Al final, la concatenación de etapas “mito” un día tras otro, saltando los muermos o las victorias anónimas, pues acaba incluso dando una percepción falsa, que cada día es un festival y otra lectura más perniciosa, solo la montaña es espectáculo. Se ha insistido en programar etapas de montaña, no he visto pasar llegadas al sprint de Freire en el Tour estos días (igual me las he pasado de alto). Y se ha abusado de nacionalismo, cada uno tirando para casa. TVE apoyándose en los cuatros grandes del ciclismo moderno, Delgado, Indurain, Valverde y Contador, las cadenas francesas remontando más en el tiempo con Fignon e Hinault y los más modernos y más payasos – en su primera acepción del diccionario – Virenque y Voeckler. También las Roubaix de Madiot por ejemplo.

Michael Robinson falleció como consecuencia del cancer y más que ver pasajes del Día Después me pegó por ir a ver programas de Informe Robinson que ya había visto en su día. No sé hasta qué punto él participaba en la realización de estos documentales, en cualquier caso se salían de la banalidad extrema del audiovisual y el mundo del deporte en general. Vi el documental del Trinche Carlovich, un futbolista argentino que en los setenta y ochenta jugó en la segunda y la segunda B de allá. Lo que no imaginaba yo era que el pobre Trinche lo matarían días después en su Rosario por robarle su bicicleta! Los que le vieron jugar cuentan maravillas hasta situarlo entre los más grandes y no hay apenas imágenes. Todo de oídas, algunas crónicas escritas. Mito, literatura y la entrañable exageración argentina de todo. Exagerado, pero de la misma manera que nuestros padres o abuelos se aficionaron al ciclismo por lo que leían, escuchaban en la radio o en el resumen del Nodo de las gestas de Julio Jimenez, de Bahamontes. Y los italianos de lo que leían o escuchaban de Bartali o Coppi. De Bartali hay también un documental de Robinson, en el que también aparecía otro difunto de este año, el periodista de ciclismo de la Repubblica Gianni Mura. Y también vi el documental de Luis Ocaña, que presenta a un Merckx, que aceptó hablar, con una frialdad impresionante. Y Ocaña como un gran ciclista que se obsesionó con el Caníbal. Fuera de los programas de Robinson, aquí en Francia la cadena L’Equipe ha subido una película, La dernière échappée, sobre el último Tour de Francia de Fignon como comentarista de France tv, semanas antes de fallecer. Curioso ver como la película reconstruye casi frase por frase momentos que se retransmitieron en directo, con la participación de los propios compañeros de France Tv, y también como se plasma la personalidad agria de Fignon. Y también con su espina clavada, 1989. Sin llegar a ser extraordinario, por el apego que le tomé al final de su vida como comentarista, me emocioné. Y esas cosas líquidas que fluyen de los ojos, que no se confiesa nunca que pasan en las películas. Y luego claro está, he visto la serie del Movistar visto desde dentro en su temporada 2019. Con sus aciertos y sus fallos, con pocos filtros, y con Valverde en plan cacique. O eso me parece a mi.

Toda esta nostalgia ha venido en medio de pequeños anuncios, de ligeras esperanzas, el Tour en agosto, igual en septiembre, igual hasta noviembre será la Vuelta. Hay un calendario UCI, veremos si se cumple. Antes de ello y durante el blackout total hubo hipótesis, sueños húmedos, globos sonda y rumores sobre las tres grandes vueltas. Plena imaginación por lo tanto para pensar recorridos de las grandes aún más improbables, un poco como aquel villancico imposible de Gloria Fuertes que cantaba Paco Ibáñez. Un Giro al revés, empezando en el norte y acabándolo al pie del Vesubio en Nápoles. Una Vuelta buscando el verano de San Martín en el Mediterráneo con un remate y una hora menos en las Canarias. Un Tour de pueblos feos, de minas cerradas, de terrenos baldíos y de estaciones de esquí en crisis. Una única vuelta transitando por los epicentros del Covid en Europa: Madrid, Mulhouse y Bergamo. Unas cuantas horas clicando en el mapa de Cronoescalada, imaginando vueltas que nunca se harán. Porque nadie pagará por ellas.

Campeones del mundo en una carrera de pueblo

Criquelion, Hinault, Knetemann y Laguia. Volta al Camp de Morvedre 1985

En el lugar en que muchas ideas narrativas de la contemporaneidad nacen, en Twitter, vi una foto vieja de ciclistas en una discusión. Una foto de una foto publicada en un libro, unos ciclistas relajados antes del inicio de una carrera. Se identificaba perfectamente el rostro sonriente pero siempre competitivo de Bernard Hinault, con el maillot histórico e icónico del pop art de La Vie Claire, en primer plano a Laguía del Reynolds. En el fondo gracias a Ignacio, que es una enciclopedia, se distingue a Criquelion con maillot de campeón del mundo – estábamos pues en 1985 – y el cuarto, el holandés Knetemann (campeón del mundo en el 1978) con el maillot de otro mito de la pop culture ciclista, el del Sem. La carrera se disputaba en la comarca valenciana del Camp de Morvedre y la carrera se llamaba precisamente Volta al Camp de Morvedre, terminaba en Estivella tras dar una vuelta a la comarca de la Calderona, imagino que subiendo l’Oronet o el Garbí. Tuvo lugar durante algunos años en los ochenta, se disputaba días antes a la Volta a la Comunitat, como la clásica de Almería es un aperitivo de la Ruta del Sol, como el GP Miguel Indurain lo es de la Itzulia, como el Lluís Puig lo era también de la Volta. Así pues en febrero, en un pueblo como Estivella que alargaba sus fiestas invernales de Sant Blai, se disputaba una carrera de un día que se permitía el lujo de juntar a tres campeones del mundo de ciclismo en ruta de inicio. Visto trenta y cinco años más tarde, escribiendo esto con el móvil y siguiendo por Internet el Tour de los Emiratos Árabes en el que se sube un puerto sin gente, como no sentir nostalgia de ese antes. De un ciclismo en el que la mayor parte de carreras profesionales se hacían sin televisión en directo, de las que conocíamos a lo sumo el resultado el día después en una reseña corta en el periódico y si se trataba de carreras europeas la mayoría de veces esperábamos el mensual Ciclismo a fondo para encontrar el vencedor del trofeo Lagueiglia o el Circuit de la Sarthe. Sin televisión, sin inmediatez, imaginando la mayoría de acciones de una carrera. Y hablo siendo yo de una generación que tenía retransmisión televisiva de muchas carreras españolas, las vueltas de una semana, más las principales clásicas y las grandes. De el resto tirábamos mano de imaginación. De ahí viene la importancia del relato y del relator. Pero esa es otra historia.

Ahora las carreras de pueblo – no hablo ya de los criteriums – se disputan en Oriente Medio o en China ante la más grande de la indiferencia de la población local, ni incluso hay beduinos indignados con prisa por llegar tarde al trabajo y encontrar la carretera cortada. Ni eso. En este ciclismo moderno de 2020 las carreras de pueblo pagan mucho más pero no crean afición. En Estivella, después de las fiestas de Sant Blai, ya no hay maillots arcobaleno de campeones del mundo. De hecho en España las carreras de un día están en peligro de extinción. No hay petróleo en el mediterráneo, la naranja de 2020 no puede competir con el oro negro de los emiratos. Me gustaría ser optimista y pensar que una Volta al Camp de Morvedre pudiera ver la luz, pero sólo se me ocurre con mucha filantropía ciclista, con mucho marketing y fichando a la realización del Giro o Tour, esa que te evita autovías y los polígonos industriales, que te hace pasar por caminos municipales entre naranjos y pinos, y acabarlo todo entre las calles estrechas del viejo Sagunt. El modelo triunfante de la Strade Bianche, que por cierto la Vuelta a Andalucía imita inteligentemente. Soñar es gratis, organizar una carrera ciclista no.

La fotografía es cortesía del usuario @arnaumartine.

Carreteres que no van enlloc

“Carreteres que no van enlloc,
no surten a guies ni mapes tampoc,
un camió avariat, abandonat
a sa cuneta, fossilitzant.
Una senyora ven llimonada
a prostitutes acalorades,
i veuen un cotxe passar, On deu anar? Jo t’ho dic”

Esta canción del grupo de pop mallorquín Antònia Font, que se traduciría simplemente carreteras hacia ninguna parte, me ha venido en mente para dar el título a este post, primero del año 2020, ahora que la temporada ciclista ya ha entrado en Europa después del inicio australiano, colombiano y argentino. Carreteras hacia ninguna parte, porque así podríamos cualificar gran parte de estas etapas del Down Under o del Tour de San Juan, y también las del Oriente Medio, carreteras que atraviesan los enormes espacios vacíos de estos países que con una historia de desarrollo urbano más corta. Todos tenemos en mente los buildings y su skyline en Sidney o las avenidas, los no sé cuantos estadios de futbol y las casitas de colores de Buenos Aires, también los glaciares de la Patagonia o el Uluri. Pero que poco tenemos en mente la pampa, el desierto, la travesía árida, los lugares sin interés, los pueblos de una sola calle y el siguiente en 200 km. Ayer mismo la etapa de la etapa a la vuelta San Juan terminaba en un cerro, a más de 2500 m de altura, con una carretera ancha y perfecta, y con una meta en una recta en medio de un valle áspero y árido, andina, geológica. La meta, los buses, el confeti y un público de no se sabe donde. Un evento deportivo seguido por los ansiosos de ciclismo en tv allá perdido en el piemonte andino.

Visto desde nuestro ombligo ciclista europeo, con nuestra densidad de población elevada, con nuestros desiertos pequeños con gasolineras, con nuestras cuestas asfaltadas que suben a nuestras ermitas, castillos en ruinas, monumentos militares, masías o estaciones de esquí, pues evidentemente las vueltas ciclistas del hemisferio sur nos parecen raras, extrañas, exóticas, nos falta algo. Pero también les debe parecer extravagante y exótico en Adelaida mirar con diez horas de diferencia horaria un final de etapa en el Mas la Costa. Todos tenemos nuestras carreteras que van a ningún lugar.

En fin, que como previa a la temporada estas pruebas más allá del ecuador tienen su interés como aperitivo de lo que viene, pero no hay que darle más importancia de la que tiene, porque si nos las tomáramos a pecho Richie Porte sería el mejor ciclista del XXI y Oscar Sevilla sería un portento de la naturaleza. La temporada ya está en la vieja Europa, el Challenge de Mallorca se disputaba esta semana, mañana el GP La Marseillaise en Francia y pronto el Lagueglia en Italia. Falta la Omloop belga a finales de febrero y ya tenemos otra temporada más en marcha. El ciclismo en ruta vuelve a su país de origen, al país donde desde un campanario se percibe el campanario vecino que cantaba Lluís Llach. Los cipreses de la Toscana, los almendros en flor de la Marina y los viñedos de la Provenza nos esperan. También los invernaderos, los polígonos industriales y las rotondas.

Down Under 2020. (C) Corvos.

Adiós a Raymond Poulidor

Hoy a media mañana recibo un WhatsApp, Poulidor ha muerto. No por estar dentro de lo posible, de lo probable – sabíamos que gastaba poca salud desde este verano – no deja de ser un día triste. Triste incluso para alguien como yo que nació cuando él ya se había retirado y que no conoció hasta llegar a Francia su influencia, su figura súper popular. Hasta irme de erasmus Poulidor era una anécdota del palmarés del Tour, un tipo que chocó contra Anquetil primero y Merckx después. Eso más algún relato medio novelado de un libro de Carlos Arribas que devoré en su momento.

No viví el momento Poulidor, así que no tiene sentido hablar en este post del descenso de Envalira y dela pájara de Anquetil en el Tour del 64. Quería solo enumerar un poco en desorden cuatro anécdotas para percibir la presencia absoluta del personaje en el ciclismo galo.

Hace unos años trabajé estrechamente con un compañero, de la generación de mis padres, gran aficionado al ciclismo. En su casa eran de Poulidor, como en muchas casas de Francia. Imagino que a cada nueva edición del Tour el público se calentaba con un “este año sí!” y así Poulidor ganaba cada año más popularidad. Además Anquetil era una máquina apisonadora de pedalar a lo Indurain, y recordemos por ejemplo el tirón popular incluso en España de Chiapucci. Del tiempo en que trabajé con este compañero recuerdo con cariño hacer balance de la temporada ciclista mientas comíamos o con el café, de recordar anécdotas. En mi caso venía de un distanciamiento con el ciclismo que muchos hemos experimentado, para mí la superposición del positivo de Heras, de Mayo, del de Astarloza, el del chuletón irundarra, el cementerio con el pirata, VDB y el Chava, y la sensación de pérdida de tiempo de los Tours de Armstrong, pues me alejó de este deporte. Tenía un seguimiento de la temporada ciclista muy “español”, el Tour y poco más. De esas charlas con él me reenganché, incluso más que en mi adolescencia chavista, herista y euskaltelista comprando Ciclismo a fondo. Esta tarde le he enviado un mail corto a mi compañero, el deceso de Poulidor me ha hecho pensar en esos momentos. En su respuesta se percibía la emoción y eso que no hay cosa más fría que un mail. Emoción porque Poulidor fue seguramente el detonante de una pasión vital en el momento oportuno, el final de la infancia y el inicio de la adolescencia. Para los que navegamos entre los treinta y los cuarenta lo que fue nuestro Indurain o quizás nuestro Chava.

Poulidor siempre llevó ese peso histórico de no haber ganado nunca el Tour, ni tan sólo llevar ni un mínimo día el maillot amarillo. Por eso una vez retirado no hizo más que vestirse de amarillo cuando iba a recepciones o villages étape del Tour. Visto desde fuera, sin pasión, daría la sensación de una exhibición circense del hombre que nunca ganó el Tour como una mujer barbuda o el superviviente de una erupción volcánica. Él se prestó voluntariamente a ese juego, a ese espectáculo. Iba por las ciudades medias de Francia, de esa Francia rural que aún ama el ciclismo, y en las librerías de los centros comerciales firmaba sus libros de fotografías, memorias y recuerdos con la camisa amarilla. En una de esas un compañero y amigo del trabajo se encontró a Poulidor firmando su libro Le Poulidor. Me compró un ejemplar dedicado, Pour Daniel, amitiés et souvenirs. Hoy he recuperado el libro de la estantería ciclista. El libro repasa sus días fatídicos, y aún cincuenta años después, usaba un tono perpetuo de “y si”, de hombre con los astros contra él. Injusto consigo mismo, porque su palmarés es digno de los grandes.

Quizás fue presentando ese libro suyo, un día Poulidor era entrevistado en la radio pública France Inter, en el programa L’œil du tigre, un programa de cultura deportiva, a las antípodas de la prensa deportiva clásica. Íbamos en el coche, bajábamos hacia casa por Navidad. No recuerdo el pasaje de la entrevista, pero sé que me emocioné como me pasa en las películas que destilan solidaridad y buenos sentimientos. Ese día me volví de Poulidor.

Hoy se fue Poulidor, el abuelo ciclista de todo un país, el culpable de que muchos se aficionaran a esto y que otros vengamos detrás. Nos queda su nieto Mathieu Van der Poel que dará que hablar, pero no lo veo resolviendo el maleficio amarillo.

Descanse en paz Raymond, descanse en el Olimpo de los grandes del ciclismo. Acéptenlo, ni que sea por su Vuelta que ganó.

Finales en bajada de la temporada 2019

La temporada ciclista 2019 ya acabó, incluso las pachangas asiáticas han terminado, y la blogosfera ciclista hace balance. Los hay tantos que no vale la pena reinsistir, salvo hacer algo distinto. Así que os propongo seis etapas con final en bajada de esta temporada que por hache o por be contienen todos los elementos del espectáculo ciclista, emoción, paisaje, sorpresa, revancha y David contra Goliath. Finales en bajada con intringulis paisajísticos, vinícolas, urbanísticos o geológicos. Faltan muchos, faltan por ejemplo los que no he visto en condiciones óptimas para proponerlo (por ejemplo la clásica de San Sebastián), no deja de ser una selección personal.

La Vuelta a la Provenza se disputa en febrero, bajo el halo caciquil de Bernard Tapie, que se pasea mafiosamente por la salida, hace salir las cronos de placitas de toros sin valor alguno y hace terminar etapas en circuitos de motociclismo y se enorgullece de recuperar el histórico maillot ochentero de La vie Claire, el de Lemond y Hinault, el maillot más pop art que hubo. Es una vuelta joven, imitando las vueltas italianas, portuguesas y españolas mediterráneas del final del invierno, recogiendo un poco el testigo del Tour de la Mediterranée. En una etapa entre semana se subía arriba del acantilado de las calanques marsellesas, unas muelas calcáreas gigantes que se terminan en el mar. A veces, allá a bajo del todo, hay una cala. Un sube y baja entre matorrales. En verano cantan las cigalas, en febrero aún no. La etapa llegaba a La Ciotat y previamente había una subida final a les Crêtes, la cresta, más explícito imposible. Coronaban con el azul del mar al fondo después de una subida caracoleada. En el sprint de un grupo seleccionado con gente de nivel – recuerdo Gallopin y Pinot – ganó Eduard Prades del Movistar. En nuestro grupo WhatsApp de ciclismo, con 50% de gente de Alcanar, hubo gran euforia ese día. La temporada de Prades también acabó ese día.

París Niza y la Tirreno Adriático, tarde de sábado de múltiples pantallas. Más interesante la ronda francesa pero la etapa del sábado en Italia nos deparó un final inexplicable. El kazajo Lutsenko iba escapado en un circuito en la típica ciudad media del Marche que subía a una colina por un camino estrecho y terminaba en el llano. La típica etapa de frío ambiente, cuatro gatos en meta y con anorak. Primero Lutsenko tomó una curva horrorosamente mal y cayó contra un talud al pie de unos árboles. Sigue y ya en la carretera principal que va hacia el pueblo, casi bajo la pancarta del último km, vuelve a caer. La caída desconcentró al kazajo – normal – que vio como en el último kilómetro era cogido por los fugados que venían detrás. En el ciclismo clásico, el que dice que Trentin sería campeón del mundo por su punta de velocidad en la fuga del mundial, Lutsenko tenía zero opciones, desgastado y desmoralizado. Pero ganó el sprint a Roglic en persona en el final de etapa más loco de la temporada. Resiliente. Su única aparición de la temporada?

La Lieja Bastogne Lieja recuperaba un final como antaño, en una avenida de Lieja en el fondo del valle y no arriba en Ans. No fue la Lieja ni mucho menos la más entretenida de las clásicas de primavera, veníamos de la demostración bestial de la Amstel y VDP, pero la victoria de Fuglsang en Lieja contiene el principal elemento del porqué el final en bajada es el condimento perfecto de un buen espectáculo de ciclismo. Escapado kilómetros antes y ya bajando de camino a Lieja, transitando una zona de sombría, Fuglsang perdió el control de la bicicleta un solo instante, pero en una maniobra de gran pericia recuperó el control, no se cayó y ganó. El final en bajada tiene eso, un despiste y todo el esfuerzo puede irse al garete. Los de mi generación recordaremos a Heras cayendo tontamente en Morzine como mejor ejemplo de esto. Es esa tensión permanente que se percibe durante unos minutos, con los perseguidores al acecho y el escapado entre la victoria y la delgada línea que lo separa de la derrota. Muerte o gloria. Gloria a Dinamarca.

Del Giro la etapa de Pinerolo podría estar pero la grandeza de esa etapa fue el llano entre el final del puerto y meta, no fue un final en bajada sensu stricto. Merecía sin duda estar en esta lista de los mejores finales en bajada del año, la escapada de Thomas De Gendt en el Tour bajando a Saint Étienne. Los franceses la recordarán por unos minutos de patriotismo exacerbado cuándo Pinot y Alaphilippe atacaron en la tachuela final, se distanciaron del pelotón y se dispararon las expectativas francesas de acabar con la maldición de ganar el Tour en el siglo XXI. Al final no fue así, aunque ese día lo creyeron, con Alaphilippe guiando a Pinot aka el pueblo. Pero Thomas es muy Thomas y se impuso en solitario como él sabe en la industrial Saint Étienne. Levantamiento del sofá, ovación y sonrisa. Antes de ello la etapa había transcurrido una zona un tanto ninguneada por el Tour, con todo una concatenación de cuestas en la zona al Oeste de Lyon, entre viñedos, prados, bosques e incluso una cantera, que hacía de transición hacia el valle industrial de Saint Étienne.

Quintana merecería estar por valor doble en esta lista, pero debo decir que su victoria en el Tour la seguí por la radio, así que opto por su victoria marinera en la Vuelta. Impensable, Nairo Quintana ganando a cotas cercanas de 0, y el 0 de cota topográfica en España está en el puerto de Alacant. La última subida de esta etapa de la Vuelta que terminaba en Calp era la ya típica de Poblenou de Benitatxell, me niego a usar esa toponimia extraña de urbanización sin acabar que utiliza la Vuelta. Recorrido hiper urbanizado, digno de la más rotonda de las naciones, en medio de chalets, piscinas y apartamentos. La nostalgia al ver imágenes del Montgó o de Moraira hace unas cuantas décadas es grande. En lo ciclista Quintana se llevó la etapa atacando cuando nadie lo esperaba, con Valverde jugando al gato y al ratón en la típica estrategia inexistente de Movistar. Con la perspectiva, de los mejores momentos de la Vuelta.

Muy en la línia del final de De Gendt en el Tour estaría la victoria de Philippe Gilbert en el Bilbao, la de Guadalajara es otra historia universal. La relación entre el Botxo y el ciclismo es esa calle en cuesta llena de gente en claro fervor popular, no la horterada del día siguiente saliendo de un San Mamés vacío. Los dos jovenzuelos, Aramburu y Barceló, no pudieron con Gilbert, en estado de gracia en la Vuelta. El tiempo que ganó subiendo no lo perdió bajando, pasó de los viñedos de txakoli a las grandes avenidas de la City vasca en pocos kilómetros controlando lo que venía por detrás. Esa bajada de Arraiz resume perfectamente la emoción de este deporte en esta modalidad. Y Bilbao no suele defraudar.

Todas las fotografías están extraídas de wikipedia o wikimedia con la excepción de esta última extraída de la cuenta Flickr de Loretahur.

Tour 2020: hasta que ganen los míos

Ya está presentado el Tour 2020 con la ceremonia habitual entre semana y a mediodía, sin Poupou ni Merckx en las butacas, luchando una etapa vital en sendos hospitales. Se acabaron pues las cábalas y las especulaciones, se acabó eso de mirar las posibilidades en foros de ciclismo con una arquitectura web de cuando contábamos los kilobytes, ciber lugares donde apasionados van colectando informaciones de por aquí y por allá, un periódico local que dice que un alcalde ha dicho, no hay hoteles disponibles para tal día por allá. Vale más la pena esta excitación de los días previos que el desenlace final, que siempre, siempre, siempre decepciona. Del fútbol dicen que hay millones de seleccionadores en cada país, en el ciclismo somos miles de diseñadores del recorrido. Y dicho todo esto como introducción, en el Tour de Francia 2020 los rumores se confirmaron y me cuesta no soltar una palabra escatológica para definirlo.

Es una edición que, observando individualmente las etapas propuestas, me gusta. Porque como no va a gustarme una etapa que se termina nada más bajar el Marie Blanque? Y lo mismo bajando el Peyresoude. Que se puede decir de una etapa que va de la isla de Oleron a la isla de Ré, esa particularidad de las islas atlánticas francesas conectadas con grandes viaductos al continente, con carreteras entre marismas, dunas, ostras y chalets de parisinos. Un final en el volcán del Puy Mary, y un final, por fin, en el Mont Aigual, en ese macizo montañoso tan olvidado como son los Cevennes. Y un final como el de Paris Niza pero con mucha gente en la playa de cantos rodados de la promenade des Anglais. Explorar más el Limousin de Poupou aunque sea en un homenaje a Chirac. Explorar los tres macizos montañosos que rodean Grenoble, terminar en el Vercors y llegar a Villard de Lans, lugar que nos envía a los ochenta y los noventa. Las cuatro subidas al Grand Colombier y esa maravilla visual que son los lacelets du Grand Colombier. Como no va a gustarme un Tour, que más intensamente o menos, toca todos los macizos montañosos de Francia continental, los Alpes de Savoya y los Provenzales, los Pirineos, el Macizo central volcánico y el macizo central granítico de los Cevennes, los relieves de Lyon y del Limousin, los Vosgos y el pie del Jura?

Pues no me gusta. Hay una vueltización evidente de la carrera francesa, construida pensando que el público solo aprecia el espectáculo de las etapas de montaña. Eso se hace a base de despreciar otro tipo de etapas y otros perfiles de corredores, el Tour 2020 será un suplicio para los sprinters – no vayan! – el Tour se olvida del fondo y de las etapas de 200 km, el Tour entierra definitivamente la contrarreloj como disciplina del ciclismo. Para la organización ya no hay aquella emoción del trotón que sacaba más de un minuto en el llano en la contrarreloj individual para después verle sufrir en montaña. Esa emoción que los nacidos en los ochenta hemos vivido a veces de un lado y a veces de otro, ya no la veremos. La multiplicación de etapas de montaña en una traca final alpina aportará grandes cambios? Ya veremos, lo que me parece evidente es que nos tragaremos este tipo de recorridos hasta que por una alineación de Marte con Venus Pinot, Bardet o Alaphilippe ganen finalmente la Grande Boucle y ese día respirará tranquila la nación y Desgrange en su mausoleo. Y al año siguiente repetirán la operación porque les ha salido bien.

Dicho todo esto llegará final de junio y nos pondremos tontorrones y pesados como cada año.

La semana grande ciclista del Centro de Francia

La temporada ya se va acabando, con esta Semana Santa italiana que terminará el sábado con el Giro de Lombardía, con algunas carreras belgas y algunas francesas, que se terminarán el domingo en la Paris – Tours bajo los plántanos de la avenida de la ciudad del Loira. Hoy jueves se disputaba la carrera previa a la Paris – Tours, la Paris – Gien – Bourges. Una carrera que también transcurre por la región del centro de Francia pero que disputándose entre semana pues poco seguimiento tiene. En meta solo había jubilados, en una calle sin mucha historia de Bourges, sin enfocar la preciosa catedral. La voz del speaker infatigable Daniel Mangeas y un sprint ganado por Mac Sarreau, como casi siempre en las carreras francesas de poco standing de esta temporada.

El Centro de Francia – lo que administrativamente se denomina región Centro Val de Loira – tiene una topografía plana como la palma de la mano. Al norte del Loira básicamente se encuentra la gran zona de cultivo de cereales de la Beauce, una región histórica que estaría en un triángulo entre Chartres, Orléans y Blois. El skyline solo lo rompen los parques eólicos, los campanarios de cada pueblo con su flecha torcida, los silos de las cooperativas agrícolas y las pacas de paja apelotonada. Los ríos que transcurren esa zona, principalmente el Loir (no confundir con la Loire) moldean algunos valles que generan subidas y bajadas. Así pues Chateadun o Vendôme, dos de las principales ciudades de esa zona, presentan un desnivel porque están construidas a la orilla del Loir. La Paris Tours en sus primeras horas pasa por esa zona aunque esquiva Chateadun y su castillo y pasa un poco más al sur del pueblo que inspiró a Proust (Illiers-Combray). La carrera sale en realidad de Chartres, no hay ninguna carrera que empiece en Paris! La Beauce es tierra de viento, sin prácticamente protección para el ciclista, los bosques son muy escasos. Pasado Vendôme de cara al sur salen poco a poco del paisaje de cereal para bajar al valle del Loira. Al Este de Blois y de cara a Tours entran de lleno en zonas vinícolas, especialmente la zona del Vouray, que es un vino espumoso de método champán pero sin tanto pedigrí. El vino que bebemos aquí cuando un colega se jubila. Esa zona se sitúa en un desnivel entre el nivel que marca el valle del Loira y unos relieves de toba caliza blanca, que encontramos también en las piedras de sillería talladas perfectas en las las casas viejas y en los monumentos; los pueblos se sitúan al pie de esos desniveles y algunos tienen casas trogloditas. Las bodegas históricas de la zona también se encuentran a proximidad de grutas excavadas en una roca agradecida para ello. Arriba de la colina el viñedo, abajo el río y la bodega. La dificultad ciclista de la Paris – Tours moderna consiste a subir y bajar esas cuestas que nunca son muy largas pero aparecen en el momento clave. Y desde el año pasado una vez arriba de la colina en lugar de volver a bajar por carretera asfaltada prolongan el recorrido por caminos de tierra entre viñedos. Sin duda no hay paisaje ciclista como el del viñedo, pero este hecho desvirtúa una carrera que no necesitaba añadidos extraños. Finalizada la última subida de esas cuestas se baja hacia Tours, se cruza el Loira y en la avenida Grammont de Tours se instala la meta, cerca de la estación de tren, entre plátanos como en tantas avenidas de Francia. Con las hojas amarillentas, marrones y caídas, con ese sol tristón de octubre, con el olor a los primeros días de estufa, con paraguas tantas veces. La ceremonia del podio tiene un regusto de fin, de último latigazo del verano, de descanso de este vicio a veces tan incompatible con otras cosas. A partir de ese domingo vienen cuatro meses de nostalgia, de leer viejas historias, de pensar en el pobre Poupou, de imaginar recorridos que nunca ningún organizador hará.

El cannabis de Igualada y más fotogramas

Se terminó la Vuelta y con ella el verano gira a otoño. Que se lo digan a los habitantes del Bajo Segura que vieron salir de las salinas de Torrevieja la carrera, con un aire de vacaciones, de verano, de ligereza, de inundación estúpida por regar el jardín de una casa. Tres semanas más tarde, gota fría, ríos desbocados, casas inundadas. Tres semanas, ya ven, una eternidad. Deportivamente ha sido una Vuelta que cuesta definir. Emoción por quien iba a ganarla no la hubo desde Pau, Roglic demostró siempre controlar la situación, incluso con los abanicos. Emociones otras, casi cada día, siempre en el mismo equipo. Puñaladas traseras y puñaladas delanteras, traiciones, disculpas que suenan a palabras vacías, ofensivas que no lo son, excusas de mal pagador. Y un homenaje casi sin quererlo al ciclismo de antaño, cuando entre Soria y Guadalajara se podía ganar una Vuelta. Esta es quizás la mayor hazaña, recordar que se puede perder mucho más tiempo entre secarrales castellanos que en una pared asturiana o valenciana.

De análisis deportivos de esta Vuelta mejor esperar a otros blogs mucho más certeros. En este blog me gusta hablar de la cara B y sobretodo de lo que vemos. La península ibérica de sureste a noroeste y acabando en el centro es un viaje paisajístico, geológico, climático e histórico con mucha variedad. Del amarillo al verde, del caos urbano al desierto. La aridez de las Castillas, el pasaje tosco y pedregoso del Maestrat y el Javalambre. La verdor de la Baja Navarra y la del viñedo del Jurançon, que tiene narices que el único viñedo que se ha puesto en valor en el recorrido y en las retransmisiones haya sido de Francia. El cannabis de Igualada, la tormenta pirenaica, la densidad urbana vasca, la costa virgen asturiana, las pintadas de los fascistas del Jusapol y el empedrado del final en Toledo, un final tan de Giro. Las metas más bellas fueron Ares y Toledo.

Pensaba si las retransmisiones de las tres grandes vueltas de tres semanas no tienen un transfondo cinematográfico, de cómo el cine ha filmado y filma aún ese territorio. Que la realización televisiva de cada carrera no hace más que seguir una tradición, una manera de ver y una manera de enseñar el país. El Tour de Francia, es bien sabido, es una gran manipulación visual, como Amélie es una gran manipulación cinematográfica respecto a París. Quizás un día existió un París como en las películas, el París actual casi nunca aparece en las películas taquilleras. Aún más grande es la manipulación del Tour respecto al resto de Francia. Hay películas, pongamos las de Daniel Auteuil como Dialogue avec mon jardinier o Alceste à bicyclette, que nos presentan una imagen excesivamente estereotipada del mundo rural francés, de alguna forma la imagen que el urbanita parisino tiene del campo. La mermelada, la bicicleta vieja, el coche viejo, el mercado, el campo de lavanda en flor, la viña, los albaricoques, la casona de piedra, la barbacoa con los amigos, el vino y las cigarras. No hay tejados de amianto, no hay 4L abandonados, no hay somiers ejerciendo de puerta de campo, tampoco centrales nucleares al fondo, ni centros comerciales en la rotonda. El Tour maneja el paisaje como un realizador de comedia romántica. Francia como un producto a vender, en el país que inventó las carreras ciclistas de tres semanas y el turismo como concepto. Saben hacerlo.

El Giro es distinto. Primero Italia tiene una densidad tal de patrimonio cultural y arquitectónico que el cámara del helicóptero se distrae y enfoca sin querer a una iglesia románica. Es más fácil. A veces parece que el peso de la historia les lleva a mostrar los corredores como nuevos gladiadores, hay un gusto por los anfiteatros, los circos, la ruina, del cine que hacía soñar. Hay subidas a santuarios, hay subidas lunares y hay subidas a monumentos nacionales. Y a veces aparece el lado cómico y grotesco, de Fellini, la llegada a la plaza de la ciudad pequeña, las banderas, el rosa, la fiesta. Pero en general hay siempre una carga histórica en cualquier meta del Giro.

Y la Vuelta? A diferencia del Tour, se enseña el paisaje, los pueblos y ciudades, sin filtro alguno. Sin pudor a enseñar la casa con el muro de ladrillo, el edificio a medio construir por la crisis de 2008, la rotonda a ninguna parte, la ermita neogótica. Mezclado eso sí con tomas aéreas de lugares escogidos, una roca, un canto, un castillo, una ermita, una iglesia o un puente. Pero como un Almodóvar lo haría, que no está para mostrar una Mancha o un Madrid idealizados, sino que nos enseña lo real y siniestro de su tierra, incluso forzando para que sea más lúgubre. Si para entrar a Guadalajara sólo hay una autovía, pues se toma la autovía y se enseña la autovía. Escuchando la retransmisión de Eurosport Francia parece que cuando más árido, seco y inhóspito, más les gusta porque más se acerca a su visión preconcebida del paisaje ibérico. Cutre y bello en el mismo fotograma. Almodóvar tiene gran cartel en Francia.

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