Adiós a Raymond Poulidor

Hoy a media mañana recibo un WhatsApp, Poulidor ha muerto. No por estar dentro de lo posible, de lo probable – sabíamos que gastaba poca salud desde este verano – no deja de ser un día triste. Triste incluso para alguien como yo que nació cuando él ya se había retirado y que no conoció hasta llegar a Francia su influencia, su figura súper popular. Hasta irme de erasmus Poulidor era una anécdota del palmarés del Tour, un tipo que chocó contra Anquetil primero y Merckx después. Eso más algún relato medio novelado de un libro de Carlos Arribas que devoré en su momento.

No viví el momento Poulidor, así que no tiene sentido hablar en este post del descenso de Envalira y dela pájara de Anquetil en el Tour del 64. Quería solo enumerar un poco en desorden cuatro anécdotas para percibir la presencia absoluta del personaje en el ciclismo galo.

Hace unos años trabajé estrechamente con un compañero, de la generación de mis padres, gran aficionado al ciclismo. En su casa eran de Poulidor, como en muchas casas de Francia. Imagino que a cada nueva edición del Tour el público se calentaba con un “este año sí!” y así Poulidor ganaba cada año más popularidad. Además Anquetil era una máquina apisonadora de pedalar a lo Indurain, y recordemos por ejemplo el tirón popular incluso en España de Chiapucci. Del tiempo en que trabajé con este compañero recuerdo con cariño hacer balance de la temporada ciclista mientas comíamos o con el café, de recordar anécdotas. En mi caso venía de un distanciamiento con el ciclismo que muchos hemos experimentado, para mí la superposición del positivo de Heras, de Mayo, del de Astarloza, el del chuletón irundarra, el cementerio con el pirata, VDB y el Chava, y la sensación de pérdida de tiempo de los Tours de Armstrong, pues me alejó de este deporte. Tenía un seguimiento de la temporada ciclista muy “español”, el Tour y poco más. De esas charlas con él me reenganché, incluso más que en mi adolescencia chavista, herista y euskaltelista comprando Ciclismo a fondo. Esta tarde le he enviado un mail corto a mi compañero, el deceso de Poulidor me ha hecho pensar en esos momentos. En su respuesta se percibía la emoción y eso que no hay cosa más fría que un mail. Emoción porque Poulidor fue seguramente el detonante de una pasión vital en el momento oportuno, el final de la infancia y el inicio de la adolescencia. Para los que navegamos entre los treinta y los cuarenta lo que fue nuestro Indurain o quizás nuestro Chava.

Poulidor siempre llevó ese peso histórico de no haber ganado nunca el Tour, ni tan sólo llevar ni un mínimo día el maillot amarillo. Por eso una vez retirado no hizo más que vestirse de amarillo cuando iba a recepciones o villages étape del Tour. Visto desde fuera, sin pasión, daría la sensación de una exhibición circense del hombre que nunca ganó el Tour como una mujer barbuda o el superviviente de una erupción volcánica. Él se prestó voluntariamente a ese juego, a ese espectáculo. Iba por las ciudades medias de Francia, de esa Francia rural que aún ama el ciclismo, y en las librerías de los centros comerciales firmaba sus libros de fotografías, memorias y recuerdos con la camisa amarilla. En una de esas un compañero y amigo del trabajo se encontró a Poulidor firmando su libro Le Poulidor. Me compró un ejemplar dedicado, Pour Daniel, amitiés et souvenirs. Hoy he recuperado el libro de la estantería ciclista. El libro repasa sus días fatídicos, y aún cincuenta años después, usaba un tono perpetuo de “y si”, de hombre con los astros contra él. Injusto consigo mismo, porque su palmarés es digno de los grandes.

Quizás fue presentando ese libro suyo, un día Poulidor era entrevistado en la radio pública France Inter, en el programa L’œil du tigre, un programa de cultura deportiva, a las antípodas de la prensa deportiva clásica. Íbamos en el coche, bajábamos hacia casa por Navidad. No recuerdo el pasaje de la entrevista, pero sé que me emocioné como me pasa en las películas que destilan solidaridad y buenos sentimientos. Ese día me volví de Poulidor.

Hoy se fue Poulidor, el abuelo ciclista de todo un país, el culpable de que muchos se aficionaran a esto y que otros vengamos detrás. Nos queda su nieto Mathieu Van der Poel que dará que hablar, pero no lo veo resolviendo el maleficio amarillo.

Descanse en paz Raymond, descanse en el Olimpo de los grandes del ciclismo. Acéptenlo, ni que sea por su Vuelta que ganó.

Finales en bajada de la temporada 2019

La temporada ciclista 2019 ya acabó, incluso las pachangas asiáticas han terminado, y la blogosfera ciclista hace balance. Los hay tantos que no vale la pena reinsistir, salvo hacer algo distinto. Así que os propongo seis etapas con final en bajada de esta temporada que por hache o por be contienen todos los elementos del espectáculo ciclista, emoción, paisaje, sorpresa, revancha y David contra Goliath. Finales en bajada con intringulis paisajísticos, vinícolas, urbanísticos o geológicos. Faltan muchos, faltan por ejemplo los que no he visto en condiciones óptimas para proponerlo (por ejemplo la clásica de San Sebastián), no deja de ser una selección personal.

La Vuelta a la Provenza se disputa en febrero, bajo el halo caciquil de Bernard Tapie, que se pasea mafiosamente por la salida, hace salir las cronos de placitas de toros sin valor alguno y hace terminar etapas en circuitos de motociclismo y se enorgullece de recuperar el histórico maillot ochentero de La vie Claire, el de Lemond y Hinault, el maillot más pop art que hubo. Es una vuelta joven, imitando las vueltas italianas, portuguesas y españolas mediterráneas del final del invierno, recogiendo un poco el testigo del Tour de la Mediterranée. En una etapa entre semana se subía arriba del acantilado de las calanques marsellesas, unas muelas calcáreas gigantes que se terminan en el mar. A veces, allá a bajo del todo, hay una cala. Un sube y baja entre matorrales. En verano cantan las cigalas, en febrero aún no. La etapa llegaba a La Ciotat y previamente había una subida final a les Crêtes, la cresta, más explícito imposible. Coronaban con el azul del mar al fondo después de una subida caracoleada. En el sprint de un grupo seleccionado con gente de nivel – recuerdo Gallopin y Pinot – ganó Eduard Prades del Movistar. En nuestro grupo WhatsApp de ciclismo, con 50% de gente de Alcanar, hubo gran euforia ese día. La temporada de Prades también acabó ese día.

París Niza y la Tirreno Adriático, tarde de sábado de múltiples pantallas. Más interesante la ronda francesa pero la etapa del sábado en Italia nos deparó un final inexplicable. El kazajo Lutsenko iba escapado en un circuito en la típica ciudad media del Marche que subía a una colina por un camino estrecho y terminaba en el llano. La típica etapa de frío ambiente, cuatro gatos en meta y con anorak. Primero Lutsenko tomó una curva horrorosamente mal y cayó contra un talud al pie de unos árboles. Sigue y ya en la carretera principal que va hacia el pueblo, casi bajo la pancarta del último km, vuelve a caer. La caída desconcentró al kazajo – normal – que vio como en el último kilómetro era cogido por los fugados que venían detrás. En el ciclismo clásico, el que dice que Trentin sería campeón del mundo por su punta de velocidad en la fuga del mundial, Lutsenko tenía zero opciones, desgastado y desmoralizado. Pero ganó el sprint a Roglic en persona en el final de etapa más loco de la temporada. Resiliente. Su única aparición de la temporada?

La Lieja Bastogne Lieja recuperaba un final como antaño, en una avenida de Lieja en el fondo del valle y no arriba en Ans. No fue la Lieja ni mucho menos la más entretenida de las clásicas de primavera, veníamos de la demostración bestial de la Amstel y VDP, pero la victoria de Fuglsang en Lieja contiene el principal elemento del porqué el final en bajada es el condimento perfecto de un buen espectáculo de ciclismo. Escapado kilómetros antes y ya bajando de camino a Lieja, transitando una zona de sombría, Fuglsang perdió el control de la bicicleta un solo instante, pero en una maniobra de gran pericia recuperó el control, no se cayó y ganó. El final en bajada tiene eso, un despiste y todo el esfuerzo puede irse al garete. Los de mi generación recordaremos a Heras cayendo tontamente en Morzine como mejor ejemplo de esto. Es esa tensión permanente que se percibe durante unos minutos, con los perseguidores al acecho y el escapado entre la victoria y la delgada línea que lo separa de la derrota. Muerte o gloria. Gloria a Dinamarca.

Del Giro la etapa de Pinerolo podría estar pero la grandeza de esa etapa fue el llano entre el final del puerto y meta, no fue un final en bajada sensu stricto. Merecía sin duda estar en esta lista de los mejores finales en bajada del año, la escapada de Thomas De Gendt en el Tour bajando a Saint Étienne. Los franceses la recordarán por unos minutos de patriotismo exacerbado cuándo Pinot y Alaphilippe atacaron en la tachuela final, se distanciaron del pelotón y se dispararon las expectativas francesas de acabar con la maldición de ganar el Tour en el siglo XXI. Al final no fue así, aunque ese día lo creyeron, con Alaphilippe guiando a Pinot aka el pueblo. Pero Thomas es muy Thomas y se impuso en solitario como él sabe en la industrial Saint Étienne. Levantamiento del sofá, ovación y sonrisa. Antes de ello la etapa había transcurrido una zona un tanto ninguneada por el Tour, con todo una concatenación de cuestas en la zona al Oeste de Lyon, entre viñedos, prados, bosques e incluso una cantera, que hacía de transición hacia el valle industrial de Saint Étienne.

Quintana merecería estar por valor doble en esta lista, pero debo decir que su victoria en el Tour la seguí por la radio, así que opto por su victoria marinera en la Vuelta. Impensable, Nairo Quintana ganando a cotas cercanas de 0, y el 0 de cota topográfica en España está en el puerto de Alacant. La última subida de esta etapa de la Vuelta que terminaba en Calp era la ya típica de Poblenou de Benitatxell, me niego a usar esa toponimia extraña de urbanización sin acabar que utiliza la Vuelta. Recorrido hiper urbanizado, digno de la más rotonda de las naciones, en medio de chalets, piscinas y apartamentos. La nostalgia al ver imágenes del Montgó o de Moraira hace unas cuantas décadas es grande. En lo ciclista Quintana se llevó la etapa atacando cuando nadie lo esperaba, con Valverde jugando al gato y al ratón en la típica estrategia inexistente de Movistar. Con la perspectiva, de los mejores momentos de la Vuelta.

Muy en la línia del final de De Gendt en el Tour estaría la victoria de Philippe Gilbert en el Bilbao, la de Guadalajara es otra historia universal. La relación entre el Botxo y el ciclismo es esa calle en cuesta llena de gente en claro fervor popular, no la horterada del día siguiente saliendo de un San Mamés vacío. Los dos jovenzuelos, Aramburu y Barceló, no pudieron con Gilbert, en estado de gracia en la Vuelta. El tiempo que ganó subiendo no lo perdió bajando, pasó de los viñedos de txakoli a las grandes avenidas de la City vasca en pocos kilómetros controlando lo que venía por detrás. Esa bajada de Arraiz resume perfectamente la emoción de este deporte en esta modalidad. Y Bilbao no suele defraudar.

Todas las fotografías están extraídas de wikipedia o wikimedia con la excepción de esta última extraída de la cuenta Flickr de Loretahur.

Tour 2020: hasta que ganen los míos

Ya está presentado el Tour 2020 con la ceremonia habitual entre semana y a mediodía, sin Poupou ni Merckx en las butacas, luchando una etapa vital en sendos hospitales. Se acabaron pues las cábalas y las especulaciones, se acabó eso de mirar las posibilidades en foros de ciclismo con una arquitectura web de cuando contábamos los kilobytes, ciber lugares donde apasionados van colectando informaciones de por aquí y por allá, un periódico local que dice que un alcalde ha dicho, no hay hoteles disponibles para tal día por allá. Vale más la pena esta excitación de los días previos que el desenlace final, que siempre, siempre, siempre decepciona. Del fútbol dicen que hay millones de seleccionadores en cada país, en el ciclismo somos miles de diseñadores del recorrido. Y dicho todo esto como introducción, en el Tour de Francia 2020 los rumores se confirmaron y me cuesta no soltar una palabra escatológica para definirlo.

Es una edición que, observando individualmente las etapas propuestas, me gusta. Porque como no va a gustarme una etapa que se termina nada más bajar el Marie Blanque? Y lo mismo bajando el Peyresoude. Que se puede decir de una etapa que va de la isla de Oleron a la isla de Ré, esa particularidad de las islas atlánticas francesas conectadas con grandes viaductos al continente, con carreteras entre marismas, dunas, ostras y chalets de parisinos. Un final en el volcán del Puy Mary, y un final, por fin, en el Mont Aigual, en ese macizo montañoso tan olvidado como son los Cevennes. Y un final como el de Paris Niza pero con mucha gente en la playa de cantos rodados de la promenade des Anglais. Explorar más el Limousin de Poupou aunque sea en un homenaje a Chirac. Explorar los tres macizos montañosos que rodean Grenoble, terminar en el Vercors y llegar a Villard de Lans, lugar que nos envía a los ochenta y los noventa. Las cuatro subidas al Grand Colombier y esa maravilla visual que son los lacelets du Grand Colombier. Como no va a gustarme un Tour, que más intensamente o menos, toca todos los macizos montañosos de Francia continental, los Alpes de Savoya y los Provenzales, los Pirineos, el Macizo central volcánico y el macizo central granítico de los Cevennes, los relieves de Lyon y del Limousin, los Vosgos y el pie del Jura?

Pues no me gusta. Hay una vueltización evidente de la carrera francesa, construida pensando que el público solo aprecia el espectáculo de las etapas de montaña. Eso se hace a base de despreciar otro tipo de etapas y otros perfiles de corredores, el Tour 2020 será un suplicio para los sprinters – no vayan! – el Tour se olvida del fondo y de las etapas de 200 km, el Tour entierra definitivamente la contrarreloj como disciplina del ciclismo. Para la organización ya no hay aquella emoción del trotón que sacaba más de un minuto en el llano en la contrarreloj individual para después verle sufrir en montaña. Esa emoción que los nacidos en los ochenta hemos vivido a veces de un lado y a veces de otro, ya no la veremos. La multiplicación de etapas de montaña en una traca final alpina aportará grandes cambios? Ya veremos, lo que me parece evidente es que nos tragaremos este tipo de recorridos hasta que por una alineación de Marte con Venus Pinot, Bardet o Alaphilippe ganen finalmente la Grande Boucle y ese día respirará tranquila la nación y Desgrange en su mausoleo. Y al año siguiente repetirán la operación porque les ha salido bien.

Dicho todo esto llegará final de junio y nos pondremos tontorrones y pesados como cada año.

La semana grande ciclista del Centro de Francia

La temporada ya se va acabando, con esta Semana Santa italiana que terminará el sábado con el Giro de Lombardía, con algunas carreras belgas y algunas francesas, que se terminarán el domingo en la Paris – Tours bajo los plántanos de la avenida de la ciudad del Loira. Hoy jueves se disputaba la carrera previa a la Paris – Tours, la Paris – Gien – Bourges. Una carrera que también transcurre por la región del centro de Francia pero que disputándose entre semana pues poco seguimiento tiene. En meta solo había jubilados, en una calle sin mucha historia de Bourges, sin enfocar la preciosa catedral. La voz del speaker infatigable Daniel Mangeas y un sprint ganado por Mac Sarreau, como casi siempre en las carreras francesas de poco standing de esta temporada.

El Centro de Francia – lo que administrativamente se denomina región Centro Val de Loira – tiene una topografía plana como la palma de la mano. Al norte del Loira básicamente se encuentra la gran zona de cultivo de cereales de la Beauce, una región histórica que estaría en un triángulo entre Chartres, Orléans y Blois. El skyline solo lo rompen los parques eólicos, los campanarios de cada pueblo con su flecha torcida, los silos de las cooperativas agrícolas y las pacas de paja apelotonada. Los ríos que transcurren esa zona, principalmente el Loir (no confundir con la Loire) moldean algunos valles que generan subidas y bajadas. Así pues Chateadun o Vendôme, dos de las principales ciudades de esa zona, presentan un desnivel porque están construidas a la orilla del Loir. La Paris Tours en sus primeras horas pasa por esa zona aunque esquiva Chateadun y su castillo y pasa un poco más al sur del pueblo que inspiró a Proust (Illiers-Combray). La carrera sale en realidad de Chartres, no hay ninguna carrera que empiece en Paris! La Beauce es tierra de viento, sin prácticamente protección para el ciclista, los bosques son muy escasos. Pasado Vendôme de cara al sur salen poco a poco del paisaje de cereal para bajar al valle del Loira. Al Este de Blois y de cara a Tours entran de lleno en zonas vinícolas, especialmente la zona del Vouray, que es un vino espumoso de método champán pero sin tanto pedigrí. El vino que bebemos aquí cuando un colega se jubila. Esa zona se sitúa en un desnivel entre el nivel que marca el valle del Loira y unos relieves de toba caliza blanca, que encontramos también en las piedras de sillería talladas perfectas en las las casas viejas y en los monumentos; los pueblos se sitúan al pie de esos desniveles y algunos tienen casas trogloditas. Las bodegas históricas de la zona también se encuentran a proximidad de grutas excavadas en una roca agradecida para ello. Arriba de la colina el viñedo, abajo el río y la bodega. La dificultad ciclista de la Paris – Tours moderna consiste a subir y bajar esas cuestas que nunca son muy largas pero aparecen en el momento clave. Y desde el año pasado una vez arriba de la colina en lugar de volver a bajar por carretera asfaltada prolongan el recorrido por caminos de tierra entre viñedos. Sin duda no hay paisaje ciclista como el del viñedo, pero este hecho desvirtúa una carrera que no necesitaba añadidos extraños. Finalizada la última subida de esas cuestas se baja hacia Tours, se cruza el Loira y en la avenida Grammont de Tours se instala la meta, cerca de la estación de tren, entre plátanos como en tantas avenidas de Francia. Con las hojas amarillentas, marrones y caídas, con ese sol tristón de octubre, con el olor a los primeros días de estufa, con paraguas tantas veces. La ceremonia del podio tiene un regusto de fin, de último latigazo del verano, de descanso de este vicio a veces tan incompatible con otras cosas. A partir de ese domingo vienen cuatro meses de nostalgia, de leer viejas historias, de pensar en el pobre Poupou, de imaginar recorridos que nunca ningún organizador hará.

El cannabis de Igualada y más fotogramas

Se terminó la Vuelta y con ella el verano gira a otoño. Que se lo digan a los habitantes del Bajo Segura que vieron salir de las salinas de Torrevieja la carrera, con un aire de vacaciones, de verano, de ligereza, de inundación estúpida por regar el jardín de una casa. Tres semanas más tarde, gota fría, ríos desbocados, casas inundadas. Tres semanas, ya ven, una eternidad. Deportivamente ha sido una Vuelta que cuesta definir. Emoción por quien iba a ganarla no la hubo desde Pau, Roglic demostró siempre controlar la situación, incluso con los abanicos. Emociones otras, casi cada día, siempre en el mismo equipo. Puñaladas traseras y puñaladas delanteras, traiciones, disculpas que suenan a palabras vacías, ofensivas que no lo son, excusas de mal pagador. Y un homenaje casi sin quererlo al ciclismo de antaño, cuando entre Soria y Guadalajara se podía ganar una Vuelta. Esta es quizás la mayor hazaña, recordar que se puede perder mucho más tiempo entre secarrales castellanos que en una pared asturiana o valenciana.

De análisis deportivos de esta Vuelta mejor esperar a otros blogs mucho más certeros. En este blog me gusta hablar de la cara B y sobretodo de lo que vemos. La península ibérica de sureste a noroeste y acabando en el centro es un viaje paisajístico, geológico, climático e histórico con mucha variedad. Del amarillo al verde, del caos urbano al desierto. La aridez de las Castillas, el pasaje tosco y pedregoso del Maestrat y el Javalambre. La verdor de la Baja Navarra y la del viñedo del Jurançon, que tiene narices que el único viñedo que se ha puesto en valor en el recorrido y en las retransmisiones haya sido de Francia. El cannabis de Igualada, la tormenta pirenaica, la densidad urbana vasca, la costa virgen asturiana, las pintadas de los fascistas del Jusapol y el empedrado del final en Toledo, un final tan de Giro. Las metas más bellas fueron Ares y Toledo.

Pensaba si las retransmisiones de las tres grandes vueltas de tres semanas no tienen un transfondo cinematográfico, de cómo el cine ha filmado y filma aún ese territorio. Que la realización televisiva de cada carrera no hace más que seguir una tradición, una manera de ver y una manera de enseñar el país. El Tour de Francia, es bien sabido, es una gran manipulación visual, como Amélie es una gran manipulación cinematográfica respecto a París. Quizás un día existió un París como en las películas, el París actual casi nunca aparece en las películas taquilleras. Aún más grande es la manipulación del Tour respecto al resto de Francia. Hay películas, pongamos las de Daniel Auteuil como Dialogue avec mon jardinier o Alceste à bicyclette, que nos presentan una imagen excesivamente estereotipada del mundo rural francés, de alguna forma la imagen que el urbanita parisino tiene del campo. La mermelada, la bicicleta vieja, el coche viejo, el mercado, el campo de lavanda en flor, la viña, los albaricoques, la casona de piedra, la barbacoa con los amigos, el vino y las cigarras. No hay tejados de amianto, no hay 4L abandonados, no hay somiers ejerciendo de puerta de campo, tampoco centrales nucleares al fondo, ni centros comerciales en la rotonda. El Tour maneja el paisaje como un realizador de comedia romántica. Francia como un producto a vender, en el país que inventó las carreras ciclistas de tres semanas y el turismo como concepto. Saben hacerlo.

El Giro es distinto. Primero Italia tiene una densidad tal de patrimonio cultural y arquitectónico que el cámara del helicóptero se distrae y enfoca sin querer a una iglesia románica. Es más fácil. A veces parece que el peso de la historia les lleva a mostrar los corredores como nuevos gladiadores, hay un gusto por los anfiteatros, los circos, la ruina, del cine que hacía soñar. Hay subidas a santuarios, hay subidas lunares y hay subidas a monumentos nacionales. Y a veces aparece el lado cómico y grotesco, de Fellini, la llegada a la plaza de la ciudad pequeña, las banderas, el rosa, la fiesta. Pero en general hay siempre una carga histórica en cualquier meta del Giro.

Y la Vuelta? A diferencia del Tour, se enseña el paisaje, los pueblos y ciudades, sin filtro alguno. Sin pudor a enseñar la casa con el muro de ladrillo, el edificio a medio construir por la crisis de 2008, la rotonda a ninguna parte, la ermita neogótica. Mezclado eso sí con tomas aéreas de lugares escogidos, una roca, un canto, un castillo, una ermita, una iglesia o un puente. Pero como un Almodóvar lo haría, que no está para mostrar una Mancha o un Madrid idealizados, sino que nos enseña lo real y siniestro de su tierra, incluso forzando para que sea más lúgubre. Si para entrar a Guadalajara sólo hay una autovía, pues se toma la autovía y se enseña la autovía. Escuchando la retransmisión de Eurosport Francia parece que cuando más árido, seco y inhóspito, más les gusta porque más se acerca a su visión preconcebida del paisaje ibérico. Cutre y bello en el mismo fotograma. Almodóvar tiene gran cartel en Francia.

Manifiesto por finales en bajada

La Vuelta 2019 ya ha pasado su ecuador, ya pasa la noche en Asturias dónde todo parece haberse definido definitivamente. Adiós los Pirineos con barro y polémica, adiós País Vasco en cada orilla verde del Bidasoa, qué lejos les debe quedar ya la etapa de Ares. Adiós vaca pasiega, adiós moles calcáreas cantábricas.

Pasados pues ya unos días de la etapa que alimentaba nuestras conversaciones veraniegas en Vilafranca. El mismo día de la etapa de Ares, viendo por la tele la entidad de la escapada, me entró como un pánico, y si gana un don nadie? Un cyborg, un australiano anónimo, un mindundi que antes del ciclismo jugaba al ping-pong? Miedo discutible porque a veces ese mindundi se vuelve un alguien de renombre o un mito. Pero no nos engañemos, entre esos corredores de poco nombre cuando corren la Vuelta, hay victorias de futuros máster class, hay victorias de casualidad bien buscada y hay victorias completamente aleatorias. Pogaçar, Iturra y Madrazo para entendernos. Al final en Ares del Maestrat ganó Jesús Herrada, que en esta misma temporada ha ganado en muritos de Luxemburgo y en el Mont Ventoux delante de Bardet. Un buen año del manchego, uf, respiré. De la etapa de Ares también me quedo con un dato. En imágenes de la televisión local de Vilafranca, gravaron el paso del pelotón por el pueblo, integral, de la fuga al coche escoba y después de dos puertos de tercera en la sierra de Gúdar ya había grupeta. Cosas de esas que nunca enseñan en televisión. De hecho en televisión no enseñaron nada de las primeras horas, ni la caída que eliminó a favoritos como Urán. No salimos en la tele. Eso sí, Vilafranca tuvo el privilegio de ser el village d’etape que dicen en el Tour. Hubo plátanos de Canarias para todos.

Volviendo a esto de los quilates del ganador, hablemos de Bilbao. Bilbao son quilates. Porque a Bilbao pueden llegar un jueves por la tarde y hay gente en la acera. No hay indiferencia ante el paso del pelotón. Gente en la calle y gente en el monte. Y sí, otra vez lo mismo, hablemos de densidad de población para explicarlo. Pero lo que es maravilloso de Bilbao es que se puede pasar en poca distancia del urbanismo más moderno construido sobre los suelos que ocupaba la industria a todo lo que el mundo agrícola vasco nos puede evocar de típico, se toma una calle en cuesta entre salidas y entradas de autovía, y al cabo de dos kilómetros de cuesta hay viñedos de chacolí, prados, vacas y caseríos. Esto es Bilbao, esto es el País Vasco. El que mira esto por la tele y se fija en el paisaje alucina. Si encima en esa cuesta se escapa uno de los mejores palmarés del pelotón actual y llega en solitario a meta, hay como una sensación de lleno, de estar saciado de ciclismo, de no haber perdido el tiempo con el replay. Que sí, qué pena por Barceló o por Aranburu, pero si escondemos las banderas en el armario, una victoria de Gilbert alegra al aficionado, no deja indiferente. Y como decían por las redes, al valón cada vez más se le está quedando una lista de victorias digna de ciclistas de otra época.

Y después de Bilbao? Pues en la línea de la Vuelta, buscando la emoción del máximo pendiente la carrera va a buscar lugares improbables de caminos de hormigón, caminos rurales. Y siguen sin percibir que la emoción está en el final en bajada. La de Nairo, la de Iturra y la de Gilbert.

La Vuelta pasa por aquí II: cunetas sin gente, masías vacías

Segunda entrada sobre la etapa que pasará por casa. La presión sube.

Será una etapa de un poco menos de 200 km que pasará por el núcleo urbano de 12 pueblos, o casi, porque en Morella pasarán por bajo el pueblo y por Linares pasarán de refilón. Esto sale a una media de unos 15 km entre pueblo, pero es que entre Mosqueruela y Catí los ciclistas harán un centenar de kilómetros y sólo pasarán por el centro de Vilafranca y el Hostal Nou de Morella. Entre medio, bosques de pinos y encinas, algunas de ellas con el Don del oro negro de la trufa del que habla con conocimiento de causa Isaac Vilalta en Volata, monte bajo, campos de cereal, pastos y mucho terreno yermo. Mucho, demasiado. El relieve calcáreo del Cretáceo como decorado fijo, él es el culpable de esas muelas de subida ruda y banda corta. Arriba de las muelas los cuatro vientos soplan y ahí están los eólicos produciendo kilowatios. Cuando este territorio alejado de grandes urbes iba a tutiplén, y hubo un tiempo en que iba, tanta hectárea entre núcleos urbanos era controlada, gestionada y cultivada por las masías, en las que en todas se vivía. Hoy las masías en las que aún viven casi se cuentan con el dedo de una mano. La historia más o menos siempre es la misma. Hijos que no siguen el oficio, condiciones de las masías lejos del estándar moderno, y los masoveros en su día se fueron de la masía, se compraron casa en el pueblo, con la nevera, el congelador y la lavadora, y al final idas y venidas a la masía con el Land Rover, hasta que un día ni eso. Algunas mantienen el aura de un pasado mejor, en otras la puerta cedió, el tejado se cayó. La etapa pasará por algunas masías emblemáticas, espero que el helicóptero las enfoque. También pasará no muy lejos de pequeños pueblos en el limbo del 0 habitantes. El mediático La Estrella, en Mosqueruela, El Vispal en Linares, Les Alberedes de Portell completamente abandonado y la Llàcua en Morella.

Cuando en la retransmisión de la carrera se aprecie el vacío de gente en las cuestas o en las redes se escuche alguien decir, es que no hay afición al ciclismo como en Flandes, es que las cunetas están vacías, piensen en las masías, en la densidad de población, en la dureza de un invierno en Mosqueruela. Si se comparan con el Tour, en Francia hay 117 habitantes por kilómetro cuadrado. En Italia 200. En España 92, y éstos concentrados en el pueblo, nada de un urbanismo disperso con casita, jardín, huerto y tobogán para el niño como en Francia o Bélgica. Por eso los corredores correrán 100 km sin apenas público, salvo cicloturistas y aficionados de los pueblos vecinos que irán, conociendo el territorio, a tal o tal punto. Esto es auténtico, es real, es la España vacía de la que se ha hablado tanto y de la que las razones no caben en una entrada de un blog de ciclismo. Pero esos kilómetros sin pueblos también lo eran cuando se vivía en cada masía. Loroño también se hubiese encontrado cuentas vacías entre Vilafranca y Morella. Y frío, que los abriles de los años 50 eran frescos. Es la marca de fábrica de la carrera, La Vuelta es la carrera de la densidad de población cambiante. A veces me da la impresión que la Vuelta vive acomplejada por eso, por no tener una marea humana en cada cuneta en cada etapa, acomplejados por la densidad de población francesa o belga. Y lo tapan con vallas publicitarias cutres, cuando lo natural sería enseñar un puerto con su cuneta, su hierba seca y, en el caso de la etapa que nos ocupa, su pared de piedra seca. Sin publicidad de crédito usurero ni nada. 
Si la salud se lo permite, a los masoveros de uno de los últimas masías habitadas, B. y A., igual bajan de su masía a la Cruz de Montaña a ver pasar la Vuelta, un puerto sin puntuar que delimita un punto alto que casi es la frontera entre País Valenciano y Aragón y desde dónde parte la pista que baja al pueblo de La Estrella. Ellos son de los pocos habitantes de la zona, son la memoria oral de la geografía, guardianes sin quererlo de un modo de vida de otro tiempo. Si no fuera por las bicis modernas y la carretera nueva de trinca con su carril de vía lenta, podrían dar para una postal de época. Si Jesús Loroño, van Looy o Bahamontes se hubiesen exhibido en el Coll d’Ares en la Vuelta de los cincuenta, hoy tendríamos imágenes míticas para el recuerdo, yo que sé, una placa, una estatua cerca de la del rey En Jaume I, una foto en el bar al lado de la cabeza del toro de 1987. Pero seguramente tendríamos las mismas masías vacías.

La Vuelta pasa por aquí I: la etapa soñada

Este verano en casa de mis abuelos recuperé una vieja libreta de cuando era adolescente y en las largas tardes de verano, con un mapa de carreteras Repsol y una calculadora, me inventaba recorridos de todas las vueltas ciclistas posibles e imaginables en la península Ibérica. Visto ahora, son listas interminables de pueblos unos detrás de los otros. Bendito tiempo cuando Google aún no conocía la cartografía digital. Mis fuentes de inspiración eran los recorridos de las propias vueltas ciclistas de cada autonomía, que a finales de la década de los 1990 la empresa Unipublic las organizaba casi todas, que me daban ideas de puertos. El propio mapa de carreteras indicaba los grandes puertos y luego yo mismo me parecía que cuando una carretera caragoleaba era por algo, y duro o no eso era un puerto de montaña. Internet, con una conexión a ratos con el módem de 56k, aportaba el “plus”, con el portal vasco de altimetrías que ya existía a finales de los noventa! Mi conocimiento de la geografía española real y no virtual era el que era, y siempre tendía a hacer etapas allá dónde había estado antes. Y claro, el espacio geográfico entre Teruel, Zaragoza, Tarragona y Valencia era el lugar privilegiado de mi imaginación, con su relieve montañoso calcáreo, rocoso, duro y árido. Y dentro de ese espacio las montañas de Els Ports, el Maestrat y el Maestrazgo casi siempre estaban en la Vuelta. Porque en esto de los recorridos ciclistas hay mucho chovinismo paisajístico. Así que una etapa como la del jueves 29 de agosto de la edición de esta Vuelta creo que la imaginé parecida, como todo aficionado al ciclismo de la zona. Quizás no me atreví a acabarla en el mismo pueblo de Ares, pero el Coll d’Ares muchas veces lo ponía en la ruta, y por Vilafranca claro que sí pasaba. Lo que decía del chovinismo. 

La Vuelta tradicionalmente ignoró esta zona montañosa entre Teruel, Castelló y Tortosa, sin grandes poblaciones, salvo algunos finales en Teruel, Benicàssim, Tortosa o Castelló. Busqué este invierno el recorrido de todas las Vueltas, por Vilafranca con la de este año será la segunda vez que pase, aunque esto lo digo sin certeza porque no he encontrado encontrado recorridos detallados de la época El Correo de la Vuelta. Sólo fue en 2000, con una etapa con final en Morella, con victoria de Roberto Heras, que empezó a adentrarse en ella y en cierta manera empezó así un idilio. Luego vino otra etapa en Morella, con victoria de Menchov, un final en Valdelinares y la apuesta de la Diputación de Castelló de estos últimos años, con el Mas de la Costa de Llucena o Santa Llúcia en Alcossebre. Con un solo pero. Salvo Valdelinares, aún estamos esperando la etapa decisiva, de puertos largos y de las que puedan romper la clasificación general. Para eso no hay más que subir al Gegant de Pedra, a pies del Penyagolosa, o subir al Caro en Tortosa, perderse en la Tinença. Dejarse de caminos rurales que no van a ningún sitio y subir a montes míticos, a pueblos de postal y almuerzo con colesterol. Cambiar de relato y enseñar a los que nos miran un territorio que busca su supervivencia, con su historia, su paisaje que se explica precisamente por la historia. No enseñarles la masía vacía a la que se sube por una pista de hormigón, porque eso es enseñar directamente que somos un parque temático para flipados en busca de emociones fuertes. Y aunque esa es una opción en el business model queremos tener más opciones.

Tardes de radio, canícula y tormenta

El ciclismo visto en la tele se lleva relativamente mal con una vida familiar y laboral medio normal y esto es tema de un post pendiente. Es curioso que en vacaciones es quizás más difícil ver la etapa, cuando la etapa entra en competición con muchos más factores externos, la merienda, el tobogán, la playa, aprovecha que duermen, etc. Hay etapas a las que renunciamos con gusto, otras nos duele el alma hacerlo. Suerte de la radio. Hay momentos de la historia reciente del Tour que no los vi en directo, pero los oí en directo, en la radio del coche o en los cascos del ordenador. La caída de Beloki sé perfectamente qué pueblo atravesaba con el Clio, aún cuando paso por el pueblo pienso en ello. La contrarreloj final del Tour del chuletón irundarra de 2010 también la recuerdo con la radio del coche, Iñigo Markinez a fondo, celebrábamos un festival en mi pueblo (Aplec dels Ports), yo estaba en el parking de la zona de acampada. Euforia immediata con Contador (toqué el claxon), luego vino la caída a los infiernos, las excusas baratas de carnicerías vascas y los héroes que nunca más lo fueron. El día que Cadel Evans liquidó su Tour en una crono me enteré a toro pasado en RMC, la radio deportiva francesa. Me llevaron – paradojas de la vida – a visitar el típico fuerte que enfoca el helicóptero del Tour. Lo pasé fatal, se lo recuerdo a mis suegros aún. Y habría muchos más momentos, menos trascendentes, muchas vueltas del trabajo con la radio puesta, con sprints anodinos, victorias de outsiders, exaltación de la nación francesa en boca de Cyril Guimard a través de las ondas hertzianas.

A esta lista de momentos ciclistas radiofónicos este Tour 2019 le añadiré la retirada de Pinot. Habrá una gasolinera de Tarascon que me recordará a Pinot, al tono de entierro en la radio RMC, los lloros en directo. Fue sorprendente por inesperado, también porque ese tono de funeral se producía aún con un líder francés en ese instante, Julien Alaphilippe. Pinot se bajó de la bici cuando todo un país esperaba de él un zarpazo histórico. Las expectativas eran desmesuradas y ese incidente no hará más que aumentar la especulación que seguirá. Que habría hecho con el muslo sano? Y sin el minuto perdido tontamente en Albi? Y sin el diluvio torrencial? Especulación y algo de relato melodramático, con imágenes de Pinot llorando en la habitación, muy íntimas, demasiado íntimas, como aquél Paquirri explicando en la enfermería de Pozoblanco las trayectorias de la cornada. De la canícula exagerada en todo Francia se pasó a la ducha fría, al granizo, a la quitanieves, a los deslizamientos y a las carreteras cortadas. Muy metafórico de lo vivido.

Visto lo visto, nos vienen tours hechos y pensados para Alaphilippe, también una redención de Pinot, y una sombra de Poulidor con camisas amarillas en la meta. Challenge logístico para el Tour y su organización, ir a buscar ermitas románicas colgadas, estatuas de batallas napoleónicas y belvédères, adaptadas al perfil del corredor berrichon. El último sábado con etapas decisivas en los pueblos del oeste de París y sus cuestas entre casas caras.

Y termino. Vuelvo a Vilafranca y mi tío me dice que tenía razón, que la plaza de Nancy es espectacular. Ha seguido el Tour por la televisión, observando el bosque, el color del cereal segado, la tormenta. Lo ven, esto es el Tour y su grandeza.

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