Carreras de élite

La alcaldesa interrumpe su agenda del día, se coloca la banda tricolor y baja a la plaza del ayuntamiento. Hoy le toca dar la salida al Tour du Loiret, prueba ciclista del calendario élite francés. Cada departamento tiene su vuelta ciclista, con su club ciclista motivado, con la geografía de cada territorio. El nuestro, en el centro de Francia, va a buscar cuestecitas para encontrar un poco de emoción y añade una contrarreloj en un día de doble sector, cosas casi de otra época. Hay dos pueblos en el departamento con una cuesta, el resto como mucho es el desnivel de alguna terraza fluvial del Loira, que dan para poco sofoco. Nos ocurre como a los belgas, dando tumbos a cuatro montes, pero nuestras cuestas tienen asfalto. Pero cuidado con el viento, a la recién Paris Niza me remito.

La federación de ciclismo ha montado un stand en la plaza pero llego justo para ver la salida, con tiempo solo de coger un ejemplar del programa y del periódico regional. Hay casi tanta gente de la caravana más los ciclistas que gente mirando. Me cae la baba con las Bianchi, como siempre. Los niños de una escuela aparecen por la esquina, con el griterío característico. Me alegra que un maestro o maestra haya decidido salir a ver la salida. En el bar de la plaza los habituales ya están degustando la cerveza de aperitivo, una religión en la Francia festiva. Pero hoy es viernes. Verán pasar los ciclistas, comentarán hacia dónde van luego, seguirán degustando y picando cacahuetes. Mañana leerán quien ha vencido en el periódico. El speaker no es estridente, no hay reggaeton de fondo, tampoco es alguien del carisma de Daniel Mangeas, que comenta todas las carreras continental en Francia. El comisario se hace remarcar por su chaqueta. Él y la alcaldesa son los más elegantes de la plaza. Si escribiera este blog en valenciano hablaría de mudat, una de esas palabras únicas e intraducibles. Aseado, pero no es lo mismo. Apoyados en las vallas abundan los jubilados. Igual alguno de ellos son los que me cruzo cuando salgo a dar una vuelta entre los pinos y los robles de la Soloña francesa. Igual es el abuelo que lleva un maillot de Banesto, que la próxima vez tengo que saludar más efusivamente. La alcaldesa se hace la foto de rigor, levanta el banderin, el pelotón arranca. Dejo de hacer una foto con el móvil para aplaudir, que sino pobres chavales ni eso tendrán. Salen del pueblo, volverán a tocarlo y luego hacia el Este. Les esperan kilómetros entre bosques y cotos de caza.

Volviendo a casa encima de la bici me siento un poco impostor. Aquí glosando sobre ciclismo virtualmente, de lo bello que es ver la Toscana en verde, saltando del sofá con la danseuse de Landa, que si el Tour de California, que si la cuesta empedrada de Kigali, haciendo capturas de los tejados de los pueblos alpinos y la base de todo esto reposa en jubilados apasionados que cortan calles, instalan carpas y vallado, en gente que va a convencer a la carnicería del pueblo por un bloque publicitario en el programa de la carrera a cambio de un puñado de euros. Como una comisión de fiestas. A la bonne franquette que dicen en francés,

He mirado luego el resultado de la etapa, ha llegado un grupito selecto al sprint. Sandy Dujardin se llama el ganador. En Instagram su foto del sprint tiene 250 likes. El invierno lo pasa en el barro del ciclocross. A ver si en cinco años tengo que rescatar este post.

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L’Aquila

L’Aquila. 
Habrá decenas de carpetas informáticas con este topónimo italiano en el ordenador del trabajo. Durante varias semanas el mapa de los daños provocados por el terremoto de L’Aquila era fijo en mi ordenador, trabajamos en su día para comprender mejor los daños de este sismo que en una madrugada de abril de 2009 mató a casi 300 personas, cómo funcionan los modelos matemáticos de estimación de daños, hasta qué punto a esos modelos matemáticos se les puede hacer caso. Qué parámetro de los que entran en juego lo distorsionaba todo más? Para ello recuperamos datos de todo tipo, muchos para definir cómo era la zona el cinco de abril, el día antes del desastre. Así me conozco virtualmente el término municipal de L’Aquila sin haber estado nunca. Así es el descubrir mundo del cartógrafo digital. 
Y ahora este Giro 2019 vuelve a repetirme, si es que había desaparecido de mi memoria, esta ciudad. Final de etapa en L’Aquila, diez años después del terremoto del seis de abril, en un Giro que puedo verlo casi entero con un recién nacido durmiendo la siesta en el parque. El toc toc del helicóptero y sus poderes, pero eso daría para otra historia. El centro histórico de L’Aquila quedó devastado aquel día de abril, la mayoría de edificaciones del perímetro de la ciudad antigua fueron severamente dañados, colapsados, techos caídos, fisuras en los muros de mampostería dónde cabía un brazo entero. Meses y meses de diagnóstico, puedo entrar o no a mi casa? Y el patrimonio por el suelo, porque un terremoto fuerte en Italia, y éste lo era, siempre es una pérdida de patrimonio cultural. Lo fue en los Abruzos, lo fue en Amatrice. El terremoto de 2009 fue también el que ha provocado que las ciencias de la tierra se mojen cada vez menos a hacer un diagnóstico de una situación por definición imprevisible con un micrófono de un periodista delante, a causa del juicio que siguió al terremoto. Comunicar la incertidumbre siempre ha sido difícil.

Hace nueve años, un año después de la catástrofe, los organizadores del Giro ya llevaron la carrera a L’Aquila, en una etapa que resultó dantesca por una metereología adversa, más de 250 kilómetros y una escapada que decidió la carrera propiciando el podio posterior de Arroyo. Algunos criticaron entonces el carácter de pan y circo de esa llegada de la corsa rosa a la ciudad de los Abruzzos cuando la zona estaba aún con daños y miles de personas viviendo en barracones, hoteles y en apartamentos de la costa. Pero a descarga de las autoridades, estas reconstrucciones no son nunca inmediatas y menos en áreas con tanta historia. Ir rápido o reconstruir idénticamente, el mismo debate que se ha generado ahora con Notre Dame. Miraba el vídeo de la etapa de 2010 y con la lluvia casi todo son vistas de moto. Poco se apreció el estado de L’Aquila en 2010. No enfocaron las calles cerradas del perímetro de la zona rossa, los techos en lona, las montañas de derribos, los puntales provisionales de madera. Seguramente no era el objeto, se trataba de decir, L’Aquila, pensamos en vosotros. 
En esta llegada de 2019 se dará toda una vuelta al perímetro de la ciudad antigua de L’Aquila y se terminará cuesta arriba, porqué el casco antiguo está situado en una colina que domina el valle moldeado por la sismicidad, al pie del fuerte. Pasarán por una calle dirección norte-sur que termina a las puertas de la vieja ciudad. Los edificios colindantes de esa calle, más modernos, también se dañaron, con esas paradojas de encontrar un edificio en pie y el vecino, a priori construido igual, completamente derruido. Cuando el pelotón o la fuga acelerará el ritmo en esa cuesta no tendrán tiempo de pensar en eso. El 2010 ganó Petrov, uno de esos ciclistas que iban a comerse el mundo y al final plisch, poca cosa. Qué hace ahora Petrov, héroe volátil de un día dantesco? A saber. Ahora es un instante en YouTube en una tarde de chubasqueros. En estos diez años la falla sísmica ha descansado, a saber cuando volverá a molestar a los aquilanos. Diez años no es nada. Un día tarde o temprano, eso seguro. Se han construido casas nuevas, se han restaurado iglesias, hay puntales que ahí siguen desde hace diez años y hay niños que han venido al mundo y que ya no conocerán cómo era su ciudad antes, ni sabrán quién era Petrov.

Rápido que cierran el almacén

Se acabó el Tour de Romandía, ha terminado junto al lago Léman en Ginebra, en una contrarreloj de mucho callejeo urbano, de ida y venida por la misma avenida, junto al carril bici que hay en la orilla del lago. Victoria de Roglic, el favorito. Después de ver las clásicas de un día de Bélgica, con una afluencia de público masiva e incluso excesiva en el Tour de Flandes, con los litros de cerveza de abadía correspondientes, después de los tiffosi en San Remo y sus idioteces pirómanas, después de la Itzulia y las cuestas a caseríos repletas de nostálgicos de la marea naranja – entre los que me incluyo – pues llega el Tour de Romandía y es un bajón considerable, como lo es la Volta a Catalunya en sus etapas de entre semana, como lo son esas vueltas de Oriente Medio con cuatro beduinos mirando. Ciclismo de alto nivel bajo una indiferencia casi total, los transeúntes de Ginebra que paseaban a la orilla del lago ni se giraban cuando pasaba un nuevo ciclista a toda velocidad regañando unos segunditos. Miles de aficionados viéndolo en directo por televisión, de pago o pirata, y los ginebrinos de paseo dominical como si nada. Esta es la gran paradoja de este deporte, que transcurre por lugares que todos transitamos. El halterófilo profesional compitiendo, un ensayo de rugby o un saltador de vallas no se cruzan en mi camino cuando voy a comprar el pan. El ciclista profesional sí, a veces, si mi ayuntamiento o mi diputación le ha pegado por pagar una etapa. Pasión e indiferencia compartiendo espacio público, a lo sumo curiosidad de alguno. Un campeón del mundo puede pasar bajo mi balcón y usted tan tranquilo caballero. El aficionado que lo mira por la tele desde su casa prefiere cuando hay público, ni que sean dos centenares de personas, pero desea un mínimo de pasión. Si buscamos en un rincón de nuestra memoria un momento estelar, un momento ciclista que no se olvida, pocas veces nos vendrán a la cabeza etapas sin gente y con paneles publicitarios de Fertiberia en medio de la España vaciada. El público condiciona la percepción de la gesta. El récord de la hora de Campenaerts fue en un velódromo desangelado de Mexico en el que solamente se escuchaba el ruido de la goma sobre el parqué y un comentarista de inglés macarrónico, un ambiente triste como un partido de fútbol a campo cerrado, solitario como el torero que hace la faena de su vida con la toalla saliendo de la ducha.

Y pensándolo bien, es imposible que un jueves por la tarde haya gente en medio de un prado o de un viñedo suizo, como tampoco podemos exigir que en un puerto de tercera yendo, no sé, hacia Cariñena o hacia Saint Etienne, haya mucha gente animando en la cuneta. Como mucho el camionero parado en el cruce, que baja de la cabina a ver cómo pasa el pelotón, y rapidito que me cierran el parque logístico. El ciclismo, salvo cuando atraviesa pueblos, es el viaje competitivo por el vacío de la geografía y el vacío del horario laboral. Lo que no es normal es encontrar un mediodía centenares de personas en un campo de colza esperando al pelotón. Eso sólo pasa en julio.

VDB y los héroes volátiles

Hoy, día de la Doyenne, la Lieja -Bastogne – Lieja, las redes sociales de la ciclosfera se han llenado de vídeos y de referencias a Franck Vanderbroucke, alias VDB, el ciclista belga que nos enamoró con su pedalear loco, su pinta de quijote vendiendo crédito usurero y su actitud siempre ofensiva a finales de los noventa. El 1999 fue su año de genio y hace ahora veinte años pues que ganó la Doyenne, y también hará veinte años de su vuelta a España, de su escapada camino de Teruel y de Ávila, todo ello motivado por el amor de una azafata del Saeco. En YouTube hay un documental en el que Franck, aún en vida, va narrando su 1999, su Lieja atacando en Saint Nicolas y vacilando a Bartoli, sus aventuras con Sarah en la Vuelta a partir del día en que se cruzaron en Ciudad Rodrigo, su subida a la muralla avilesa, su caída literal y figurada en el mundial de Verona que ganó Freire. Y la mandanga, evidentemente, con el doctor Mabuse con pintas de cacique mafioso hablando des del salón de su castillo, pero de la mandanga habla mucho menos, como si el amor fuera suficiente carburante para tales exhibiciones. Homeopatía llega a decir.

A este tío algunos, los que éramos adolescentes en el 1999, lo admirábamos. No era habitual idolatrar un ciclista clasicómano belga en un país que sólo quiere admirar a sus ciclistas. Igual no le hicimos ningún favor adorándolo, comprándonos Ciclismo a Fondo para tenerlo en póster, levantándonos del sofá cuando atacaba. Pero fue él solito el que se puso en este jaleo. Fue él quien quiso ser Amy Winehouse o cualquier rockstar del club de los 27. Con la diferencia que un cantante no tiene que hacer pipí en un vasito al final del bolo.

Mirándolo en perspectiva, que pena todo. De la Vuelta del 1999, el ganador (Ulrich) ahora tiene peleas de borracho en Mallorca, el que más animaba el cotarro, VDB, enterrado pero reviviendo en su país a base de mal gusto, el que apareció de entre la niebla en el Angliru, el Chava, también siguió el camino de triste final de VDB y Pantani – que triunvirato!- y Hevia, el gaitero que tocaba el garrotín que los escuchábamos hasta en la sopa anunciando la vuelta 99, llegó a ser presidente de SGAE en medio de turbios asuntos. El que entonces pasaba como el malo de la película gracias una infame campaña de De la Morena, Olano, ahora lo vemos con ojos. Qué injustos fuimos con él.

Que los héroes de juventud tienen fecha de caducidad como los yogures lo sabíamos. Que en ciclismo, y en todo, más vale no subirse indefinidamente a ningún barco. Espíritu crítico siempre ante mamarrachadas, ovnis y demás historias. Los nombres pasan, con sus gestas, sus luces y sus sombras. Me gustaría decir que los lugares, las cuestas, las cunetas, las pendientes, permanecen impasibles. Pero ni eso, las minas cerraron, las fábricas también, ahora hay invernaderos de start-ups. Y al final de cada legislatura se asfaltan las calles.

Punto culminante

El café está caliente en las tazas y cada uno se posiciona en la sala del café como puede y quiere. Los del té, extraña especie, beben también su brebaje caliente venido de Sri Lanka. Todos tenemos nuestra taza del trabajo, esas tazas de una higiene más que dudosa que sólo aceptamos en el trabajo, nunca en casa tendremos tazas así de sucias, tazas de proyectos europeos, de congresos, de merchandising variado. Siempre hay un silencio que hay que cortar, siempre hay alguien que lanza un tema. Siempre hay alguien que ataca en el pelotón. Los temas siempre variados, salvo los que corresponden al funcionamiento de la empresa, recurrentes claro. A veces se empieza con política y se termina en el cine. A veces se empieza con el precio de las tomateras y se termina hablando de tráfico de estupefacientes. Un día no recuerdo como salió una charla de bicicletas y lo fácil que es pedalear en Holanda que todo es llano, frase un poco cuñado, dicho sea de paso. “Hay cuestas en Holanda” dije. La Amstel Gold Race resonaba en mi cabeza, sus colinas verdes, sus pueblos ordenados y perfectos. Ese imaginario de un ideal de la Europa del norte que algunos tenemos. Mis compañeros primero no me creyeron del todo, luego un poco más, ah sí, en Maastricht hay alguna colina, ah sí, el extremo norte de las Ardenas. Un macizo montañoso de bosques frondosos entre Francia, Bélgica, Luxemburgo, Alemania y Holanda. Tierra de jabalíes. El ciclismo y las retransmisiones televisivas permiten afirmaciones de este calibre, sin haber puesto un pie en Vaals, municipio más al sur de los Países Bajos que ve pasar cada año la carrera, podemos conocer la topografía holandesa. Viajar sentados en el sofá, viajar limitando las emisiones de carbono. Un Google Street mucho antes de que a un ingeniero de Silicon Valley se le ocurriera.

El laberinto de Drielandenpunt. El laberinto más alto de Holanda.

Los holandeses tienen efectivamente en la provincia de Limburg, la más meridional, una colección de cuestas. La Amstel Gold Race, si miramos en un mapa su recorrido, es un no parar de ir a buscar tal y tal repecho de Limburg para acabar recorriendo los más de 250km que conforman la carrera masculina. Lo mismo que les sucede a los flamencos que van a buscar los bergs empedrados en todas sus carreras. Una vuelta a la provincia patrocinada por una cerveza, el inicio del tríptico de las Ardenas que forma con la Flecha Valona y la Lieja Bastogne Lieja. Los que venimos de provincias montañosas con muchas cuestas desconocidas, ante los recorridos ciclistas siempre tenemos esa frustración de por qué no pasa la Volta por aquí, por qué la Vuelta ignora este puerto, por qué no se hace una carrera de un día aquí. Los de Limburg, los holandeses, tienen mucho menos qué elegir. Sus debates eternos, sus blogs alternativos, deben ir de como encadenar la subida a la granja de fulano con la subida al barrio zutano. O de asfaltar el camino de casa mengano. En Limburg, fuera de ahí no hay ni debate.

Cuando nos terminamos el café cada uno vuelve a su despacho, delante su ordenador a proseguir con sus excels. Muchas veces los temas tratados durante el café generan dudas, nuevas preguntas, necesidad de confirmar. Un poco de wikipedia, un poco de Google, y respuestas obtenidas. Hace poco confirmé que en China se producía aceite de oliva. Aquel día de las Ardenas, quería confirmar que la colina más alta de la Amstel, el Drielandenpunt, es cercano al Vaalserberg, el punto culminante de Holanda. Y sí, en cierta manera el Vaalserberg, con los 324 m sobre el nivel del mar, es el punto más alto de Holanda continental. Pero, inocente de mi, había olvidado las islas caribeñas holandesas, la minúscula isla paraíso del turismo verde de Saba y su volcán Mount Scenery y sus 888 m de altitud. Preguntar el punto más alto de Holanda es una pregunta trampa de Trivial.

Igual los holandeses que se quejan de la falta de originalidad de los recorridos en su país tienes sueños extraños de carreras en sus territorios del Caribe.

De clásicas viejas

Últimamente me ha tocado, por trabajo, ir bastante a Lille. Hace unas semanas presentaba los resultados de un proyecto sobre la importancia de los suelos más allá de su valor constructivo y digámoslo especulativo. Las grandes aglomeraciones urbanas se encuentran en una situación un tanto esquizofrénica dónde se quiere desarrollo, competitividad, infraestructuras, y a la vez agricultura kilómetro cero, naturaleza en la ciudad, zonas de refresco y parques rehabilitando terrenos baldíos. En un momento de la presentación enseñé los pavés y el velódromo de Roubaix como ejemplo de un valor funcional de los suelos y lo que se apoya en ellos pero también ejemplos de un valor sentimental casi litúrgico. “Hay gente que hace mil kilómetros por ir en bicicleta encima de estos pavés o verlos” dije. Al cabo de unos días una asistente a la reunión me envió un mail con una foto de un tramo en pavés. El domingo fui a paseo cerca de casa y pensé en lo que dijiste, desde pequeña he visto pasar la Paris Roubaix por casa. Los mails esos que te alegran el día, la semana y que te reconcilian con lo que sea.

En estos días previos a la París – Roubaix las redes sociales del ciclismo vintage y nostálgico son un sinfín de fotografías de época de la archiconocida carrera del norte de Francia. Aquí en este tuit vemos dos imágenes. Una de 1929, la otra de 1950, las dos en un paisaje muy similar, posiblemente el mismo. En la imagen más reciente se ve a Fausto Coppi y al que fue su compañero de escapada durante algunos kilómetros en la edición de 1950, el francés Diot, luego el campeón italiano se deshizo del francés y llegó en solitario al velódromo. Al fondo de la imagen se aprecia una montaña, de una geometría piramidal perfecta. La geometría que tiene un montículo cuando se acumula un material granular, estériles de mina de carbón, de las que ya hablé en el artículo del blog de Volata del Tour pasado. Decenas y decenas de estas montañas del Antropoceno se encuentran en la cuenca minera al sur de Lille, conocidos en francés como terril. Únicamente con estos elementos me es difícil identificar dónde está tomada la foto. Un camino de pavé, un remolque, un campo, un terril de mina y dos ciclistas. París Roubaix. Leyendo un poco más las crónicas de la victoria de Coppi en 1950 podríamos saber un poco más del momento preciso del cliché. En el artículo se menciona un ataque del italiano en la Côte de Doullens, una cuesta a la salida de esta población de Picardía que ahora ya no ve pasar la París Roubaix, pero que entonces era el punto dónde se iniciaban las hostilidades, en esta cuesta entre árboles que ahora termina en una rotonda, con una señal de atención 8% de pendiente. Puntos kilométricos míticos que ya no se transcurren, ¿y eso de clásicas? Más joven, cuando no había ocasión de buscar cualquier información en wikipedia, pensaba que una clásica eran las carreras que siempre tenían el mismo recorrido, invariables en el tiempo salvo las evoluciones evidentes. Luego ya entendí que no era bien bien así, que ni se salía de París sino de Compiègne, que el Poggio se incorporó para poner picante en la Milán San Remo y sin hablar del Tour de Flandes. Ahora el vocablo clásica se aplica a doquier, hay nuevas clásicas de menos de diez años en el calendario. La París Roubaix primogénita pasaba más al oeste que ahora, por Arras y por Lille, y por Doullens. Entonces no había problema para encontrar adoquines, fue cuando estos escasearon que la carrera migró hacia el Este. Así que pocos tramos de pavé – ¿ninguno?- pueden presumir de haber visto circular a la vez a Coppi y a Boonen. Los adoquines que vieron pasar a Coppi quizás ahora descansan bajo un camino asfaltado. Pero entiendo que el relato mítico y el marketing necesitan a veces permitirse cierta licencia poética. Las piedras al fin y al cabo son escuetas en palabras.

Hablando de marketing. Aviso a navegantes. La realización televisiva de France TV manipulará al espectador, parecerá como si se llegara a Roubaix por caminos estrechos y de repente una avenida entre árboles y un velódromo. Si esa misma retransmisión fuera realizada por TVE o ETB – en la Itzulia hemos pasado de las cuestas imposibles entre caseríos a finales en urbanizaciones pijas de Iruña-Pamplona! – no nos esconderían el polígono industrial, las autovías, el Bufalo Grill y el Ibis Hotel de turno que hay en cualquier ciudad francesa. Sergio Ciclismo2005 decía que en el Tour nunca se ven las centrales nucleares. En este punto recae la principal diferencia de una carrera en Francia o en Italia respecto al resto. Enseñar lo que hay o lo que se quiere.

Feliz domingo de sofá y ciclismo a los que podéis. Suerte a los participantes.

¿Cómo conocí a vuestra madre?

Me apetecía hablar de la estrella del momento, de Mathieu van der Poel, el hijo de Adrie y Corinne, el nieto de Raymond Poulidor, el outsider favorito para este Tour de Flandes. Incluso tenía ganas de librarme a una ficción realista e inventarme como diablos el ciclista holandés Adrie van der Poel y la hija de Poupou terminaron juntos y procreando dos ciclistas, uno más trotón que el otro. Pero un artículo en Libération me ha fulminado directamente la idea, Pierre Carrey, uno de los mejores periodistas de Francia en lo que a ciclismo se refiere, ha llamado por teléfono a casa los Poulidor en el Limousin rural y ha obtenido las respuestas para un artículo bien trenzado. Mathieu y su hype del momento tiene como consecuencia hacernos hablar de su padre y, sobretodo aquí en Francia, de su abuelo, como si algún día hubiéramos dejado de hablar de él. Porque todo hay que decirlo, a Raymond creo que le gusta que hablen de él, le gusta dejarse ver, le encanta pasearse por la sección de libros de supermercados los sábados por la mañana y firmar su libro de fotos. Le gusta que le inviten a la ceremonia del Tour y vestir de amarillo. Le gusta el cariño de la gente. Y la gente lo quiere.

Bien, si hay un Mathieu van der Poel es gracias a que un día hubo un encuentro fortuito. Según la versión del abuelo, parece ser que Corinne y Adrie se encontraron en Martinica, una isla volcánica del Caribe, territorio francés de ultramar y con algunos villages vacances, Club Med y Pierre et vacances, esos resortes turísticos que permiten no entrar en contacto con la cultura local aunque los presentes piensen que sí. Allá en los ochentas, organizado por algún estamento ciclista, a saber, viajaron como descanso de la temporada familias de ciclistas y ex ciclistas, entre palmeras, ron excelente y playas de arena blanca o negra según la influencia geológica. Deduzco que Poulidor fue en familia y allá se conocieron Corinne y Adrie, como en las historias de amor que empiezan en las verbenas de las fiestas del pueblo, con los padres y los amigos de los padres cubateando y los hijos post adolescentes librándose a la seducción a la puerta del baile. Mi historia inventada nunca hubiese sospechado que tal encuentro ocurriera en el Caribe, en una isla tórrida por arriba y por abajo, y por eso mismo la historia verdadera me parece perfecta.

A los niños de los van der Poel – Poulidor esto del ciclismo les vino genéticamente. Pero han salido más al padre, ciclocrossista y clasicómano, que al abuelo, al que conocemos sobretodo por su eterno mal fario en el Tour, pero del que olvidamos siempre que ganó la Milán – San Remo, una Vuelta y varias París-Niza. Pero fue sobretodo el hombre que cuando Anquetil se retiró le apareció un tal Eddy y siempre va con aquello del, como la canción de Los Amaya, Que mala suerte la mía. El nieto parece que escapa de momento a esto y exhibe un punch increíble, aunque transmite un entusiasmo digno de una pared de piedra. En las Boucles de la Mayenne, una carrera por etapas que ya ha ganado dos veces Mathieu en 2018 y 2017 (algunos descubren ahora al chaval!), el speaker Daniel Mangeas, la Voz del ciclismo en directo en Francia, siempre insistía en la filiación de Mathieu a su abuelo. Posiblemente esto le va a perseguir durante un tiempo, hasta que no será necesario situarlo en el árbol genealógico del ciclismo. Pero me temo que durará mientras la generación de los que fueron niños en los sesenta y setenta y simpatizaron con Poupou siga siendo el principal vivero de aficionados al ciclismo que se ve en las carreteras en Francia. Que esa es otra cuestión para otro artículo.

El artículo de Carrey termina explicando un sueño del abuelo: a veces lo veo de amarillo.

El ciclismo es una fuente inagotable de historias.

Manga corta

Unos científicos de la universidad de Gendt, epicentro de la pasión ciclista, estudiaron la floración de plantas y árboles visualizando imágenes de televisión del Tour de Flandes, desde finales de los setenta hasta 2016. La Ronde es una prueba que, día arriba día abajo, siempre es el mismo domingo de abril. Observando el paisaje, estos científicos belgas venían a confirmar que sí, que los últimos años la primavera se adelanta también en Flandes. El estudio de las flores en los jardines de las casitas flamencas confirmaba lo que los vinicultores mediterráneos vienen observando, que la vendimia cada vez es más temprana, que cada vez la París Niza se atreve a subir un poquito más alto en los Alpes Marítimos sin miedo a la nieve o al hielo, que los naranjos florecen en febrero y que el disfraz de carnavales también puede valernos para fiestas de agosto. Sin mezclar metereología y climatología, pero algo está pasando. 
En cosas de este tipo se fija uno en la televisión durante la retransmisión en directo de las carreras ciclistas, en el mejor de los casos, o en el YouTube de noche, cuando muchos nos entregamos a este vicio del ciclismo en solitario y en silencio, el móvil o la tablet en las manos haciéndonos viajar como nadie antes de Google Maps lo había hecho. En la Volta Catalunya de esta edición ha habido gente en manga corta en las cunetas. En el final de la París – Niza vi pantalones cortos animando, aunque el día que los vi llegar en directo, en la increíble etapa de Bellegarde, hacía el típico tiempo de perros de una París Niza y tuvimos que entrar en la panadería del pueblo para entrar en calor. El calorcito anormal de este final de invierno no incomoda, es como hablarle de cáncer de pulmón a un tipo degustando un habano. Cambio climático pero que nos quiten lo bailao, no hay mal que por bien no venga y toda esa retahíla de frases predeterminadas para cuando hablamos del tiempo clemente. 
Todo esto del tiempo y la meteorología viene a cuento porqué ya aparecen esos comentarios en plan: oh sí, lloverá en Roubaix. Son los que mirarán las predicciones metereológicas de Meteo France buscando la lluvia, el barro, el frío y la épica asociada. La foto de Museew con el maillot del Mapei sucio. La épica del barro en televisión, y nosotros en el sofá escuchando al ex ciclista de turno, el confort del domingo en chándal en casa, la paella, el café y el copazo, el solecito mediterráneo, el móvil cargado y a disparar en Twitter. Cómo mola la Roubaix cuando llueve. Cómo molaría la Strade bianche con barro. Nadie habla de la Tro Bo Léon y cómo mola. 
Pues molar, molan. También mola cuando se pasa por el pavé en verano entre polvo y campos de cereal segados. Y también molaba el ciclismo de los noventa sin gincamas de pasos estrechos, caminos de tierra y subidas de garaje. Cuando esto iba de ir de un punto A a un punto B lo más rápido posible. El aficionado a los toros no paga el abono de feria buscando cornadas. El futbolero no busca lesiones, el fútbol de barro de los setenta era lento, físico y nos aburriríamos ahora. El buen aficionado al ciclismo no busca vídeos de caídas en YouTube. El cuñado – las etapas llanas son aburridas – igual sí.
Me da igual la plasticidad del barro, si llueve bien, se cargan los acuíferos y se limpian las calles. Si hace sol, a disfrutarlo. Pero no olvidemos que la tendencia es que cada vez en el velódromo de Roubaix hay más gente en manga corta. 

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